Contexto
La política mexicana tiene una extraña habilidad para reinventarse… sin cambiar realmente. La reciente salida de Erubiel Alonso del Partido Revolucionario Institucional y su llegada a Movimiento Ciudadano no es, ni de lejos, un acto de valentía política o de congruencia ideológica. Es, más bien, la confirmación de una práctica que se ha vuelto norma: el transfuguismo como mecanismo de supervivencia.
Aquí no hay sorpresa. Hay cálculo.
En México, cambiar de partido se ha convertido en algo tan común como cambiar de discurso. Hoy se abandona una sigla, mañana se abraza otra, y pasado mañana se habla de “nuevo proyecto” como si la memoria pública fuera inexistente. Pero el problema no es solo quien se va. Es, sobre todo, quién abre la puerta.
Porque detrás de cada tránsfuga hay una decisión de las élites partidistas. No llegan solos. Son recibidos, negociados, validados. Las dirigencias –esas que hablan de ciudadanía, de futuro y de cambio– operan como verdaderos clubes de acceso restringido: excluyen a los nuevos, pero reciclan a los conocidos.
Ahí está la contradicción que incomoda.
Partidos como Movimiento Ciudadano han construido su narrativa sobre la idea de ser distintos, de representar una nueva forma de hacer política. Pero en la práctica, terminan recurriendo a los mismos perfiles de siempre para crecer más rápido. Es una apuesta pragmática, sí, pero también profundamente riesgosa: porque cada incorporación de este tipo le cuesta credibilidad a su discurso.
Y mientras tanto, ¿qué pasa con los nuevos cuadros?
Se quedan fuera.
Jóvenes preparados, liderazgos sociales, perfiles técnicos, ciudadanos sin pasado partidista… todos ellos enfrentan un muro invisible pero muy real: no tienen padrino, no tienen estructura, no tienen “historia política”. En un sistema donde el mérito pesa menos que la red de contactos, la renovación no solo se frena, se bloquea.
Lo que estamos viendo no es apertura, es simulación.
Se abre la puerta… pero solo para los de siempre.
El caso de Erubiel Alonso no es el problema en sí mismo; es el síntoma. Un sistema donde es más fácil cambiar de camiseta que abrir camino desde cero. Donde las élites se reciclan entre partidos mientras los nuevos esperan turno en una fila que nunca avanza.
Y eso tiene consecuencias.
Cada movimiento de este tipo refuerza la percepción de que la política es un espacio cerrado, diseñado para los mismos actores, con las mismas reglas no escritas. Un lugar donde el cambio es más estético que real, más narrativo que estructural.
La pregunta ya no es por qué se van.
La pregunta es por qué siempre son los mismos los que llegan.
Si los partidos que dicen ser nuevos terminan comportándose como los viejos, entonces el problema no es de nombres ni de colores. Es de sistema.
Y ese, hasta ahora, nadie lo ha querido cambiar.




