Columna Descomplicado/Jorge Robledo
Tabasco enfrenta un problema que va mucho más allá de la falta de crecimiento económico: durante décadas se ha construido una relación demasiado estrecha entre economía y política. Una relación en la que el gobierno no solamente administra recursos públicos, sino que en ocasiones termina siendo el principal generador de oportunidades, empleos, contratos y expectativas de bienestar.
Y cuando eso sucede, la dependencia económica puede convertirse también en dependencia política.
El problema comienza cuando una sociedad necesita demasiado del poder público para salir adelante. Cuando conseguir un empleo, acceder a un programa, obtener un contrato o encontrar una oportunidad depende más de la cercanía con quienes gobiernan que de la capacidad, el esfuerzo o la competencia.
Ahí la política deja de ser únicamente un instrumento para administrar el Estado y comienza a convertirse en un mecanismo de control social.
Tabasco tiene una enorme riqueza natural, agroindustrial, una posición estratégica y posibilidades de desarrollo que deberían permitirle construir una economía mucho más diversificada. Sin embargo, seguimos arrastrando una fuerte dependencia del petróleo, del presupuesto público y de las decisiones gubernamentales.
El riesgo es evidente: una economía que depende demasiado del gobierno termina dependiendo también de quien controla el gobierno.
Y en tiempos electorales esa dependencia adquiere una dimensión todavía más delicada.
Cuando una parte importante de la población percibe que su bienestar está vinculado a la continuidad de un proyecto político, la competencia electoral deja de desarrollarse en condiciones plenamente equilibradas. El ciudadano puede conservar formalmente su libertad de voto, pero las condiciones económicas y sociales que rodean esa decisión pueden generar incentivos para no arriesgar aquello que considera indispensable para su familia.
Por eso la discusión rumbo a 2027 no debería limitarse a partidos, candidaturas o alianzas. También debería preguntarse qué tan independiente es la sociedad tabasqueña frente al poder político.
Una democracia fuerte necesita ciudadanos libres, pero también necesita ciudadanos económicamente independientes. Necesita empresas que puedan competir sin padrinos políticos, trabajadores que puedan encontrar oportunidades fuera del gobierno y comunidades que no tengan que depender de una estructura electoral para resolver sus necesidades.
Los programas sociales pueden y deben combatir la pobreza, pero no pueden convertirse en sustitutos de una política económica capaz de generar empleos productivos y permanentes. El desarrollo no puede consistir únicamente en repartir recursos; debe consistir en crear las condiciones para producirlos.
Tabasco necesita pasar de una economía que espera decisiones del poder a una economía capaz de exigirle resultados al poder.
Ese cambio también es político.
Porque mientras el gobierno sea visto como la principal puerta de acceso al empleo, al ingreso y a las oportunidades, quien controle esa puerta tendrá una ventaja que trasciende las urnas.
Por eso, la verdadera transformación económica de Tabasco tendría que comenzar por algo mucho más profundo: romper la dependencia entre la supervivencia económica de los ciudadanos y la voluntad de quienes gobiernan.
Rumbo a 2027, esa debería ser una de las grandes preguntas: ¿queremos seguir construyendo una sociedad que dependa del poder o un estado donde el poder dependa de una sociedad económicamente fuerte, productiva y libre?
La diferencia no es menor. En una democracia, el gobierno debe administrar el poder que le entrega la sociedad; no administrar las necesidades de la sociedad para conservar el poder.