Columna Descomplicado/Jorge Robledo
Me permití extraer parte de la entrevista hecha a la legisladora española, Cayetana Álvarez de Toledo, en un medio electrónico de San Luis Potosí llamado “Antena San Luis” y dirigido por el periodista Jesús Aguilar, que fue en mi opinión por demás interesante.
Aquí se la comparto:
“El siglo XVII es para mí un doctorado sobre la historia de México. Es una gran nación, con años de vida democrática, una sociedad viva y una tradición intelectual y cultural profundísima y admirable.
Soy una ciudadanía que, creo, soy consciente de lo que está sucediendo —aunque podría serlo más—. Y yo tengo que hablar: mi obligación es hablar con franqueza y sinceridad, porque lo hago desde el afecto y la admiración por esta nación.
Hay un poder político que considera que los contrapesos democráticos son un estorbo para sus objetivos de perpetuarse en el poder. Hay una deriva autoritaria nítida que empezó con el mandato anterior, con Andrés Manuel López Obrador, y que se perpetúa y continúa con Claudia Sheinbaum. Esa deriva ha pasado por derribar contrapesos democráticos: colonizar el Poder Judicial, neutralizar, debilitar y erosionar los organismos autónomos —tan importantes—, limitar la capacidad crítica y la libertad de prensa, y por tanto ir socavando las bases democráticas.
¿Qué pasa ahora? Que todo esto se hace bajo la coartada de tener un gran mandato en las urnas, un gran respaldo popular. Y quiero dejar muy claro que el mandato no es un cheque en blanco para liquidar la democracia. El mandato no da carta blanca para derribar los contrapesos democráticos. Hay una situación de emergencia democrática por la deriva antidemocrática en México, y se tiene que hablar con claridad para exigir y reclamar una gran movilización y una gran implicación ciudadana, así como de los partidos políticos: que se unan, que se movilicen, que trabajen de abajo hacia arriba para proteger los contrapesos y, por tanto, la convivencia y la alternancia democrática en el país.
También se sufre una gravísima y lacerante ausencia de liderazgos naturales. En los últimos años se ha perpetuado la figura mítica y mesiánica, y creo que es un problema muy grave que tendríamos que superar. Hace rato escuchaba y que se daba en el clavo en muchas cosas que comparto: qué se necesita un líder para establecer puntos claros y hacer diferencia en la política mexicana actual.
Necesitamos exactamente eso: liderazgo, pero sin confundirlo con caudillismo o mesianismo. Necesitamos grandes líderes demócrata-liberales que defiendan la democracia liberal, que crean en el valor de la verdad en la vida pública, que no recurran a atajos para hacerse con el poder, que no fomenten la división, que respeten los contrapesos democráticos, que tengan coraje, convicciones y valores profundos. Que no confundan la libertad de expresión con el derecho a mentir. Que no caigan en la tentación del espejo —hacer lo mismo que los populistas, pero al revés, para llegar al poder—. La razón necesita representación. Necesitamos liderazgos fuertes, democráticos, con carisma, convicción y capacidad de encarnar los valores de la democracia liberal, sin caer en el mesianismo.
México hoy está en una encrucijada crítica para su democracia.
Tiene dos grandes problemas: el crimen y la deriva autoritaria. La criminalidad y las tasas inaceptables de violencia. Yo recuerdo viajes recientes en los que veía los periódicos, las cifras de asesinatos y crímenes, y no daba crédito. Me impresionaba hasta qué punto estaba normalizado el asesinato: más de 280,000 asesinatos en seis años. Es una cifra monstruosa. O 100,000 desaparecidos en ese mismo periodo. Es una realidad que debe asumirse: es un problema gravísimo que impide que una democracia funcione de manera normal.
No hay salud económica sin salud democrática y sin seguridad. La seguridad es la base de todo. Hay que volver a poner un énfasis clarísimo en la seguridad de este país. México tiene que volver a ser un país seguro.
El otro gran problema es la deriva autoritaria: el ataque a los contrapesos democráticos, el asalto al Poder Judicial, la colonización del Poder Judicial, la neutralización de los organismos autónomos —el Instituto Nacional Electoral y otros—. Estamos en una deriva crítica, y los jóvenes, que son los principales interpelados, no reaccionan. Son ellos quienes deberían alzar la bandera y salir a la calle como rebeldes en el mejor sentido: hacerse cargo de su país y de su destino, exigiendo que se cuide el espacio público, luchando contra la criminalidad, exigiendo al Estado que combata el crimen y acabe con la impunidad.
Ese es un papel esencial, no solo de los partidos políticos —que también deben liderarlo, buscando a los mejores perfiles en la sociedad—, sino también de la sociedad civil, que debe movilizarse de manera autónoma, de abajo hacia arriba.
Y debo decir que, frente a la resignación y el pesimismo que veo en mucha gente, yo tengo esperanzas en México. Las movilizaciones de los jóvenes tras el asesinato de Carlos Manzo me parecieron conmovedoras y esperanzadoras. Hay que seguir esa línea: movilización, no tirar la toalla, no permitir que esta involución continúe. México no está condenado a convertirse en un narcoestado. Y añado: México no está condenado a convertirse en una dictadura o un régimen autoritario. Pero hace falta conciencia, responsabilidad cívica y espíritu ciudadano.
Las organizaciones civiles tienen un papel crucial. Los medios de comunicación hoy cumplen una labor de denuncia heroica, a veces en peligro, porque muchos periodistas han sido asesinados en estos años. Los partidos políticos deben liderar esta tarea y unirse. Las elecciones son cruciales en este devenir. Y la sociedad civil, en su conjunto, debe asumir su responsabilidad. Es muy fácil decir: “Yo no me ocupo de esto porque es demasiado problemático”, o extender la mano para que el Estado dé dinero y olvidarse de todo. Incluso hay empresarios que dicen: “Hago negocios con estos, total, yo no me hago cargo de la democracia”. No. Todos somos responsables del devenir democrático de México: institucional, civil y social. Sin esto no habrá un México fuerte y dinámico.
Sin salud democrática y sin seguridad, los índices de criminalidad ahuyentan la inversión. A una empresa grande le da pánico invertir donde no hay seguridad jurídica y la impunidad está a la orden del día.
Y mire: hoy, en España, una vez más surge la cuestión de la petición de disculpas a España por hechos de hace 500 años. Yo digo: no hay lugar para exigir disculpas por hechos cometidos por personas hace cinco siglos. Lo que debería hacer la presidenta es pedir perdón a las madres rastreadoras, a las madres buscadoras, por no combatir como se debe el crimen en este país y por no garantizar justicia. Ellas son hoy la reserva moral de México. Son un ejemplo para todos. Están supliendo la labor que debería hacer el Estado, y eso no puede ser. Necesitan visibilidad, apoyo, admiración y respeto, pero sobre todo necesitan que el Estado —los poderes públicos— se haga cargo de la tarea que ellas están realizando: combatir el crimen, dejar la condescendencia y la complicidad con el narco, combatir al crimen organizado y rastrear y buscar para dar digna sepultura a los mexicanos desaparecidos.
No se puede decir “soy una patriota” mientras hay cuerpos de mexicanos bajo tierra como fruto de la inacción o la incompetencia del Estado.
Espero les sirva esta reflexión, esa fue mi intención.