Altar Mayor
Mientras Zoé Robledo y los líderes sindicales del IMSS juegan a las fuercitas en las calles, en los hospitales la muerte sigue rondando.
¡Híjole! De ninguna de las partes asoma el mínimo de sensibilidad y mucho menos de responsabilidad. Usted no me dejará mentir: cada minuto que pasa, un paciente se agrava o muere por falta de equipo y medicamentos.
Es más: a nadie parece interesarle lo que segundo a segundo se vive en el interior de las clínicas y hospitales del IMSS.
Ahí no hay cámaras, ni discursos, ni titulares; hay salas de espera convertidas en corredores del miedo, camas ocupadas por enfermos que no encuentran alivio, familiares que no se apartan de las puertas porque saben que cada llamada del médico puede cambiarlo todo.
Hay madres que sostienen la mano de un hijo con la única fuerza que les queda; esposos que miran el reloj sin comprender por qué una receta sencilla se convirtió en una travesía imposible; ancianos que llegan con esperanza y se van con una hoja de papel en la que apenas caben unas cuantas indicaciones y una promesa que quizá no podrán cumplir: “Regrese cuando haya medicamento”.
A nadie le importa que en las afueras de las clínicas y hospitales los familiares se organizan para vender alguna alhaja, un vehículo o caer en las garras de las casas de empeño o de usureros, para comprar un reactivo, un medicamento caro o simplemente para hacer los estudios en laboratorios particulares.
Desgraciadamente es una realidad, porque la enfermedad no solamente enferma al cuerpo: empobrece, humilla y desarma a las familias.
Hay quienes hipotecan su tranquilidad para salvar la vida de un ser querido y terminan perdiendo las dos cosas.
Mientras ellos juegan a ver quién resiste, ni a Zoé ni al líder del sindicato les llega hasta sus oídos la carrillera de mentadas de madre que le recetan a los médicos y enfermeras, que son quienes dan la cara ante el problema para decir, muy a su pesar: “Lo siento, no hay el medicamento”, “no sirve el equipo” o “no hay cómo ayudar a sus enfermos”.
Ellos no son los culpables, pero cargan con la rabia del pueblo. Son testigos diarios de la impotencia de quien sabe qué hacer y no puede hacerlo; de la tragedia silenciosa de quien ve morir a un paciente sabiendo que, con el insumo adecuado, quizá la historia habría sido distinta.
Qué tristeza siente el pueblo al ver que en menos de dos sexenios destruyeron un sector Salud que, aunque con algunas limitaciones, le daba servicio a la gente. Es lamentable.
No sé cuánto vaya a durar este juego. No sé qué tanto más vaya a soportar el pueblo noble y sabio. Lo que sí sé es que ya está cansado y a punto de estallar; y cuando eso suceda, no habrá antimotines que los puedan detener.
Todo es cuestión de tiempo y de paciencia.
Nos leemos en español el próximo lunes.




