El derecho al agua no se reprime
Por fin Morena encontró el trofeo perfecto para exhibirlo por todas las plazas del país. O mejor dicho: encontró al acusado perfecto. No fue Rocha Moya, menos algunos de los López, ni Marina del Pilar, ni Américo Villarreal y mucho menos Amílcar Olán. Con ellos, ¡nooooo!, sería la catástrofe del Movimiento de Regeneración Nacional.
Tenía que ser alguien de la oposición: un buen chivo expiatorio al cual colgarle el letrero de “traidor a la patria”, construirle un cadalso simbólico y exhibirlo en la plaza pública.
Así, con un solo gesto, se pretende limpiar el rostro de un gobierno que arrastra señalamientos persistentes de corrupción y nexos con el crimen organizado.
El blanco fue César Jáuregui Moreno, exfiscal general de Chihuahua, detenido por la Fiscalía General de la República y acusado del delito de traición a la patria en materia de seguridad nacional.
La titular de la FGR, Ernestina Godoy, señaló que Jáuregui habría permitido la intervención de agentes de la CIA en un operativo para desmantelar un narcolaboratorio en la Sierra Tarahumara, en abril pasado, sin autorización federal.
Según la versión oficial, la investigación determinó que el exfiscal habría ordenado y coordinado un operativo irregular en el municipio de Morelos, Chihuahua, en el que participaron dos agentes estadounidenses.
La FGR sostiene que esa intervención extranjera en funciones reservadas a las fuerzas mexicanas constituiría, en caso de probarse, traición a la patria.
No se trata de un asunto menor, si las pruebas existen y son sólidas, permitir que agentes extranjeros operen en territorio nacional sin autorización es una falta gravísima que debe investigarse hasta las últimas consecuencias.
La soberanía no es una consigna de mitin: es una obligación del Estado, pero aquí está el problema: la gravedad de un delito no convierte automáticamente a un detenido en culpable. Y menos cuando la acusación llega envuelta en una escenografía política tan conveniente.
La detención de Jáuregui tiene todos los ingredientes de un caso mediático: un exfuncionario panista, la palabra “traición”, agentes de la CIA, un narcolaboratorio y una fiscalía federal dispuesta a encender las alarmas patrióticas.
Es un guion que Morena puede repetir en cada tribuna, en cada conferencia y en cada plaza del país.
Mientras tanto, los nombres que realmente incomodan al oficialismo siguen intocables o protegidos por el silencio institucional. Rubén Rocha Moya, Marina del Pilar, los López y otros cuadros de la llamada Cuarta Transformación cargan con señalamientos, escándalos y sospechas que jamás han recibido el mismo despliegue de fiscalía, cámaras y cadalso público.
¿Por qué la “traición a la patria” solo aparece cuando el acusado viste casaca azul y blanco? ¿Dónde están las investigaciones con la misma contundencia cuando los involucrados son aliados del poder federal? La justicia que selectivamente elige a sus villanos deja de ser justicia y se convierte en teatro.
Pero aquí hay otro elemento que no puede ignorarse: la reacción de Estados Unidos. Si la FGR sostiene que agentes de la CIA participaron en un operativo mexicano, el conflicto entre ambos países se complica de inmediato. Washington no suele recibir con aplausos que sus agentes sean presentados como invasores o cómplices de una traición.
La relación México-Estados Unidos ya está lo bastante tensa por el fentanilo, la seguridad, el comercio y los aranceles.
Este caso puede abrir un frente diplomático inesperado, con reacciones que lleguen por donde menos se espere. Calma: todo es cuestión de tiempo. Ya lo veremos.
Lo que debe quedar claro:
César Jáuregui merece un juicio justo, con pruebas, defensa y presunción de inocencia. Si es responsable, que pague conforme a la ley. Pero México también merece una fiscalía que persiga la corrupción sin distinguir colores partidistas.
Porque un país no se limpia exhibiendo a un opositor en la plaza pública. Se limpia cuando ningún político –guinda, azul, rosa, verde o del color que sea– pueda esconderse detrás de la bandera para evadir la ley.
Ese sería, de verdad, un trofeo digno de exhibir.
Nos leemos el próximo miércoles.




