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VILLAHERMOSA, Tab., 27 de octubre del 2026.- A 19 años de la gran inundación, aún se respira el miedo y la incertidumbre dentro de los pasillos de un mercado público reconstruido como el José María Pino Suárez; el Pino Suárez, como coloquialmente se le conoce.
Los locatarios más viejos no quieren recordar ese episodio de su vida laboral pero el histórico río Grijalva se encarga de recordarlo diariamente, pues el principal centro de abasto de la capital tabasqueña se ubica a 100 metros del afluente.
Hoy parece un gigante dormido, pero el 27 de octubre del 2007, bajo la complicidad de la noche, reclamó el territorio robado por la modernidad de la ciudad de Villahermosa.

Con la identidad de villano y ladrón, el Grijalva se introdujo por las coladeras y alcantarillas de este mercado, hasta inundarlo a una altura de más de siete metros.
No hubo forma de salvar nada.
¡Arrasó con todo! ¡Perdimos todo! ¡Empezamos de nuevo! Son tan solo algunas expresiones de locatarios que vivieron ese día negro: 27 de octubre.

¡Hay miedo, sí que lo hay! Y solo basta una lluvia cualquiera que se impacte en el techo del populoso centro de abasto para que ese temor se despierte y haga recordar a los locatarios la gran inundación que, por primera vez en la historia de Tabasco, puso en el mismo nivel social a los tabasqueños como víctimas; porque esa tragedia se llevó entre sus aguas el patrimonio de pobres y ricos.
Calificada como la peor inundación que se haya vivido en Tabasco y unas de las tragedias hidrológicas de mayor magnitud en la historia reciente de México, la inundación de fines del 2027 tuvo su origen en las lluvias extraordinarias, gracias al paso de varios frentes fríos y la combinación de tormentas que descargaron precipitaciones históricas de más de mil 100 milímetros en pocos días sobre el sureste del país y el norte de Chiapas.

Esa situación trajo consigo el desborde de los ríos más caudalosos del país como el Grijalva y el Usumacinta, afluentes que rebasaron sus límites críticos.
Aunado a ello, se sumó el manejo de la presa Peñitas, en el Alto Grijalva, la cual llegó a su máxima capacidad y desfogó grandes volúmenes de agua de hasta 2 mil metros cúbicos por segundo hacia la planicie tabasqueña, lo que agravó severamente el nivel de anegamiento en la capital.
Ese caudal derramado provocó que alrededor del 80 por ciento del territorio del estado quedara bajo el agua y Villahermosa se convirtió prácticamente en un gigantesco lago.
Según datos oficiales, la población damnificada fue de alrededor de 1.48 millones de personas y más de 850 mil perdieron su patrimonio.
También se reportaron más de 350,000 viviendas dañadas, miles de escuelas, hospitales, tramos carreteros y puentes destrozados.
De acuerdo a reportes periodísticos de la época, la gran inundación de Tabasco fue una de las más caras de México, ya que las pérdidas superaron los 31 mil millones de pesos (cerca de 3 mil millones de dólares).

Ana María Alcudia Trinidad, expendedora de pescados y marisco en el mercado público José María Pino Suárez, cuenta con cierto sentimiento y temor que jamás será olvidada esa inundación.
Dijo que perdió todo, tanto en su puesto de pescados como en su casa, porque también la inundación arrasó con su hogar.
Comentó que no daba crédito por lo que estaba pasando: "sacrificarme por mis cosas de trabajo y del hogar, y en un día y noche lo perdí todo".
Alcudia Trinidad, por momentos de la entrevista, hace pausa para contener el llanto, pero sigue con su anécdota diciendo que gracias a Dios pudo poner a salvo a su familia, sus hijos.
Indicó que desde esa fecha a estos días solo quedan recuerdos imborrables, que están latentes y que se reviven cada vez que llueve.
"Nos decían: ‘ahí viene la inundación, pero no creímos nada de esa advertencia’ ", rememoró Alcudia Trinidad.
Comentó que ella había vivido inundaciones con el agua hasta la rodilla, no como en la del 2007, a más de siete metros sobre el nivel de la calle.
Hoy, ella busca olvidar ese episodio de su vida, pero reconoce que, en la intimidad de su hogar, a solas, le vienen los recuerdos de lo vivido hace 19 años cuando lo perdió todo.

Para Isabel Madrigal Aguilar, hoy lideresa de la Unión de Abarroteros del mercado José María Pino Suárez, lo vivido hace 19 años fue lo más doloroso que le haya tocado.
Dijo estar afectada emocionalmente, porque le tocó ir a "levantar" sus equipos de refrigeración y mercancías para resguardarlas, pero no pudo pasar porque el nivel del agua era alto en las afuera del Pino Suárez.
No pudo pasar y fue a través de conocidos como pudo enterarse del estado de su puesto: "completamente inundado”, dado que el local se encontraba en la parte baja hasta antes de la remodelación de dicho centro de abasto.
"Fue doloroso todo lo que vivimos en el 2007. Eso nunca se nos va a olvidar ", señaló.
Comentó que en esa fecha perdió todo; "me quedé sin nada, perdí todo en el puesto como en mi hogar".
Reconoció que entró en una verdadera depresión que la llevo a ir a terapia psicológica para poder sobrellevar la situación.
Madrigal Aguilar resignada atina a decir la frase de que no hay mal que por bien no venga, pues afirma que mientras haya salud se tiene todo.
"Pero esa inundación, la del 2007, jamás se va a olvidar. Ahí nos dimos cuenta del poder divino de la naturaleza", apuntó.

Gutenberg Arévalo Aquino, líder de locatarios del mercado público José María Pino Suárez, reconoce que se pecó de soberanía, porque no creían que la inundación vendría tan fuerte.
"No hicimos nada, no nos pusimos en alerta, menos trabajamos en prevención", comentó.
Pero reflexionó en el sentido de que de nada hubiera servido cualquier prevención, "si la inundación venía con todo".

Dijo que en lo personal ha sido una amarga experiencia que ha tenido a lo largo de su vida.
Indicó que recuerda las historias que su padre le contaba de inundaciones que se daban cada vez que llovía por la falta de un malecón.
Por ello, sostuvo que no se daba crédito a las versiones de que Villahermosa "se iría al agua".
Gutenberg Arévalo señaló que a lo largo de estos 19 años que han pasado desde la gran inundación, muchos locatarios quedaron con secuelas emocionales como depresión y ansiedad.
Y es que –dijo– ver perder todo el patrimonio laboral para la mayoría de los expendedores fue la muerte.
Manifestó que, tras el regreso a la normalidad, los locatarios "volvimos a empezar, pero con el temor de otra inundación".
Reconoció que hubo apoyo del gobierno en turno, pero asentó que, para el equipamiento de un local, aunque sea pequeño, es muy caro.
Por lo que agregó que hubo la necesidad y urgencias de buscar créditos bancarios para regresar a empezar a trabajar.
Incluso, comentó que muchos locatarios hipotecaron sus propiedades, empeñaron sus prendas de valor y otros, hasta vendieron sus terrenos.
"Pero aquí estamos, prestos para atender a la clientela", enfatizó.
–¿Hay miedo? –le preguntó Quadratín Tabasco.
"Por supuesto que hay miedo, más cuando llueve y suena el techo del mercado. Yo rezo porque jamás vuelva a darse otra inundación", manifestó.
Y, así, cada año es lo mismo: la tristeza, la angustia, la incertidumbre, el miedo a que las aguas del río Grijalva, su vecino, vuelvan a salir de su cauce, como hace 19 años cuando sucedió la gran inundación.





