Escapan 3 menores embarazadas de albergue en Jalisco
VILLAHERMOSA, Tab., 27 de octubre de 2026.- En Tabasco la memoria no se mide con el calendario, sino con la marca de agua que todavía se alcanza a ver en la pared del patio. Este martes se cumplen 19 años desde que el estado se cubrió de agua. Aquel 27 de octubre de 2007 cayeron 403.4 milímetros de agua en un solo día, y para el 1 de noviembre ya sumaban mil 163.7 milímetros de lluvia acumulada: casi la mitad de lo que cae en todo un año en la entidad para los parámetros de hace casi dos décadas.

La crisis rebasó todo límite cuando la presa Peñitas comenzó a soltar 2 mil metros cúbicos por segundo —una descarga que, según decían, se llenaría el Estadio Azteca en apenas 15 minutos—, lo que reventó de golpe siete de los ríos más importantes de la región: el Grijalva, el Carrizal, el Samaria, el Mezcalapa, el Teapa, el Puyacatengo y el Pichucalco. De acuerdo con el Centro Nacional de Prevención de Desastres (Cenapred), el saldo fue de 17 municipios bajo la declaratoria de desastre, 850 mil personas afectadas, 123 mil 386 casas dañadas, 127 hospitales y 3 mil 400 escuelas fuera de servicio, acumulando pérdidas por más de 2 mil 918 millones de dólares. Por esos días, los reportajes del corresponsal René Alberto López en La Jornada contaban cómo Villahermosa terminó convertida en una isla vacía y aislada, con más del 70 por ciento de la superficie del estado sepultada bajo la corriente.

Para entender el peso de esa mancha en la vida cotidiana, Quadratín Tabasco caminó por el sector Cedral de la colonia Gaviotas Sur y la carretera hacia Torno Largo, justo al pie del río Grijalva, donde el agua pegó de frente.
La lluvia incesante, las lanchas y el agua que todo lo borró
Al borde del margen, donde hoy el río camina despacio, don Felipe González Pérez se queda mirando a lo lejos. A sus espaldas, el Grijalva parece tranquilo tras las bardas de contención que levantaron años después. Pero cuando se acuerda de 2007, las palabras le salen solas.

Recuerda el aguacero tupido que caía de día y de noche, dejando las calles a oscuras y llenándolas a una velocidad que no dio tiempo de nada. Su casa era de dos pisos, y aun así el agua los acorraló arriba. Él y su esposa aguantaron ahí los momentos más duros, hasta que no hubo de otra más que salirse hacia la casa de uno de sus hijos.

“Todo desapareció, se fue abajo del agua”, dice don Felipe. Con Villahermosa parada por completo, moverse de un lado a otro era tema de remos y motores fuera de borda. “Salíamos en lancha a comprar, acá por Parrilla; para ir al centro todo se pasaba en lancha”. A 19 años de distancia, reconoce que la espina sigue clavada. Aunque confía en que las obras recientes protejan a la ciudad, sabe que cuando empiezan los frentes fríos el tema vuelve entre los vecinos: “Ojalá y no se vaya al agua, porque está feísimo”.
Miedo, rescates a adultos mayores y la prisa por salir
Para quienes tuvieron que mover gente en plena emergencia, el problema no era solo perder la ropa o las cosas, sino ganarles el jalón a los ríos para que nadie se quedara atrapado. José Guadalupe Sánchez Vázquez se acuerda bien de la desesperación en Cedral y Torno Largo cuando la corriente se metió a los patios.

En una lancha de Protección Civil, José Guadalupe anduvo metiéndose entre los tramos más hondos para sacar a las familias. Su prioridad eran los viejos que, por miedo o por no dejar sus pertenencias, se negaban a salirse. A muchos los llevó a los albergues que se improvisaron en la ciudad, mientras otros buscaban dónde quedarse con parientes a los que no se les hubiera metido el agua.

“La inundación del 2007 fue catastrófica. El agua fue repentina, llegó y todo lo que estaba abajo de la vivienda se perdió”, cuenta. Lo primero que le viene a la cabeza de esa fecha es la prisa por sacar a sus propios padres, que se habían quedado adentro mientras el nivel subía sin parar. Ahora, viendo los bordos y los desvíos de agua, respira un poco más tranquilo: “Ya no se piensa que se va a ir al agua Villahermosa, ahorita no”.
Perder el negocio, apoyos que no alcanzaron y recuerdos que se cruzan
Bordeando la carretera hacia Torno Largo, el rastro de las crecientes se nota en los pequeños comercios. Ahí atiende José Sánchez su tienda de abarrotes. Lo suyo es la historia de quien intenta levantar un patrimonio junto al cauce.

“Son procesos que no se pueden olvidar, fue todo de repente. No se puede olvidar un negocio que lo levantas y que de repente se viene para abajo. Quedan marcados en la familia y en las personas que habitan aquí”, comenta. Aquella vez el agua empezó subiendo unos 60 centímetros, pero en la noche la cosa empeoró y pasó del metro de altura. Viendo a los vecinos apretados, José les dio fiado con la promesa de que le pagaran después, mientras los soldados vigilaba la zona.
Estuvieron a punto de cerrar y mudarse lejos por el miedo a perderlo todo otra vez, pero la misma gente del rumbo les pidió que se quedaran para seguir surtiendo el mandado. Para él, lo que dio el gobierno se quedó muy corto frente al daño real, y por eso cada año se quedan con la duda de si el agua va a volver a entrar.

El relato de José deja ver cómo el miedo de aquellos años se junta con otras malas experiencias. Al contar su historia, dice que lleva 15 años en ese punto, confundiendo los hechos con del 2007 con otra inundación de 2020. Según la Coordinación Nacional de Protección Civil, esa última fue la más pesada de ese año en todo el país por el paso de los frentes fríos 4, 9, 11 y 13 junto con la tormenta Gamma, dejando 800 mil afectados en Centro, Nacajuca y Macuspana, 200 mil casas anegadas y 10 muertos. Que las fechas se le traslapen en la memoria es normal en un lugar rodeado de arroyos y ríos donde las tragedias se parecen tanto. Al lado de su tienda, la señora del puesto de junto no quiso dar entrevista; solo alcanzó a decir que no hablaba de eso. La causa: la tristeza.

Salir con tres hijos a cuestas y tardar años en levantarse
Lo que le pasó a María Candelaria Merino es lo mismo que vivieron miles en las afueras de la ciudad. En 2007, doña Candi no vivía en Gaviotas, sino en el ejido 16 de Septiembre, por la tercera sección de Anacleto Canabal.
Aquel día estaba sola cuidando a sus niños. El agua subió tan rápido que ni cuenta se dio de que ya tenía media casa inundada. “Se perdió mi casa. Yo no pensaba salir, cuando pasaron unos vecinos y me dicen: ¡Hermana Candi, salga, porque ya su casa está inundada!”. Agarró a sus tres hijos como pudo, se los pegó al cuerpo y abrió la puerta; ahí mismo le pegó el golpe de agua de frente. “Salí sin ayuda de nadie. Yo me fui con la ropa que tenía puesta, yo no saqué nada”.

Pasaron la noche en una loma y en la mañana un lanchero los llevó a un albergue. En el viaje sobre la corriente, doña Candi volteó hacia abajo y vio que la lancha iba pasando por arriba del techo de su propia casa. El agua le ahogó todo su sustento: 600 pavos, 80 gallinas, patos y pollos con los que mantenía a la familia.

Levantarse de nuevo le tomó años. Los 10 mil pesos que le dieron de apoyo gubernamental no le alcanzaron para nada. “No recuperé nada, solo me alcanzó para una cama y un colchón; tuve que esperar dos años para poderme recuperar”.
Hoy, viviendo en Cedral de Gaviotas Sur, la vista del río Grijalva a la orilla de la carretera le revive la desconfianza cada que el nivel sube un poco. “Para un tabasqueño, escuchar la palabra inundación es remomorar la pérdida de 2007. Existe esa preocupación porque no estamos seguros en los lugares donde estamos. Estamos a la orilla de los ríos y el agua de los ríos es lo primero que sube y viene a destrozar todo, siembras y todo”, remata.
A 19 años de que los ríos convirtieran a Villahermosa en un estanque enorme, las voces de Gaviotas Sur y Torno Largo demuestran que la marca de 2007 no se borró con la pintura. Aunque los muros y las obras bajaron el riesgo, en las casas de Tabasco la memoria perdura, recordando que con el río nunca se sabe.





