Habilitan vecinas centro de acopio para familias damnificadas por incendio en la Asunción Castellanos
VILLAHERMOSA, Tab., 29 de septiembre de 2026.- Todavía, a las 9:30 horas de este martes, el cenizo olor de la pérdida era completamente perceptible a la distancia de la esquina de la calle Certeza, en la colonia José María Pino Suárez, donde la tarde de este lunes el fuego consumió el patrimonio completo de cuatro familias en Villahermosa.

Durante esas primeras horas de la mañana, el sitio era silencioso. Ninguna voz se escuchaba, y acercarse al domicilio era caminar sobre bolas de pertenencias carbonizadas. El único sonido era el de los hombres de la familia Hernández Dionisio que, manchados de las manos por la sucia marca del fuego, echaban para afuera los restos de la base de dos camas y un refrigerador con puertas derretidas que dejaban ver la comida de toda una semana.

A la vuelta, sobre la calle cerrada de Gaviotas, el resto de la familia tomaba la sombra en el único sitio que les quedó en pie: la casa de doña Lorenza Dionisio, propietaria del terreno donde las tres casas de sus hijos y un tío de la familia quedaron consumidas por el fuego junto a sus emprendimientos.
“Esto está pegado desde abajo. Es difícil de levantar”, dice el tío, Arturo García Ramón, que apareció de pronto. Es un señor al que la gorra que trae puesta no le alcanza a cubrir las canas y que, sin llorar, habla gimoteando. Arturo se acerca a una carriola que tiene una mochila. De ahí saca una botella de aguardiente y dice: “Discúlpenme, es difícil: todo se lo llevó la chingada”. Después se perdió entre los restos.

Hasta las 17:00 horas del lunes, doña Lorenza y su familia habían llevado un día que consideran tranquilo: fueron a trabajar a la cooperativa de la primaria Diana Laura Riojas de Colosio, donde venden comida. Su hija Carmita había ido a un rancho de Centla, municipio del que son originarios, y trajo, junto a su yerno, pescados asados.
Cuando Carmita —dentro de la casa de en medio que se incendió— revisaba un paquete de cosméticos que le había llegado para su emprendimiento, doña Lorenza le habló para que subiera a comer a su casa. Aunque en principio su hija, interesada en sus productos, le dijo que iría más tarde, Lorenza insistió diciéndole: “No, porque se va a enfriar la mojarra y no me gusta que la comas así”.
Ese llamado fue lo que la salvó de quedarse atrapada en medio del incendio.
Tras haber vivido 32 años en el mismo domicilio, doña Lorenza jamás imaginó que el lunes 28 de septiembre, mientras degustaba unos pescados asados con toda su familia alrededor de las 17:30 horas, un incendio de origen incierto comenzara a crecer dentro de la casa que Carmita había dejado minutos atrás para ir a comer. Lorenza, aún incauta a la desgracia, se permitió ignorar la inquietud de su perro, que comenzó a ir de un lado a otro. Lo que ya no pudo soslayar fue a sus vecinos, que desde abajo gritaban: “¡La casa de doña Carmita se quema!”.
Casi de inmediato, la primera reacción de ellos y sus vecinos fue aplacar el incendio con agua y arena, porque las llamas habían avanzado muy poco, y aunque hicieron el rápido llamado a Protección Civil, no obtuvieron respuesta pronta.
“Pero la verdad, nos ganó el fuego”, lamenta Yeni Guadalupe Hernández Dionisio, otra de las hijas de Lorenza.
Tras una hora de llamas, todo ardía adentro.
Las llamaradas salían por la ventana y hongos de humo brotaban de su patrimonio. Yeni recuerda que iban a ser las 21 horas cuando observó a los bomberos echar los primeros chorros de agua, "pero ya se había quemado todo”, lamenta.
El incendio no afectó a ninguna vivienda más, ni dejó heridos y, hasta el momento en que se redacta esta crónica, las autoridades no han lanzado ningún comunicado oficial. A la familia le indignó que en redes sociales se manejaran versiones alteradas, como la de un policía que presuntamente había rescatado a dos niños, cuando dentro de la vivienda no había nadie, ni siquiera Cleo, la mascota hembra de Rafael —otro de sus hijos—, que logró salir de la casa a costa de quedar ilocalizable, pues sospechan que pudo ser robada y ahora la buscan. “Entre la desesperación no vimos quién se la llevó, pero sí se salvó la perrita”, afirma Lorenza.
“Pero gracias a Dios no pasó nada. Gracias a Dios mis seis nietos tampoco”, dice doña Lorenza para luego cuestionar, impactada por lo sucedido: “Yo estoy sorprendida. Estoy en shock. Me pregunto, ¿qué fue lo que pasó?”.
El tío Arturo vuelve a aparecer. Y por las manos sucias, deja manchada la botella cuando le da otro sorbo a su aguardiente. “Mi estéreo, miren, tómenle foto a mi estéreo”, dice mientras muestra lo que ahora es solo una bola negra de plástico que, en un gesto de rabia, estrella contra el suelo. Es hasta entonces cuando Arturo revela el sentido de su andar entre los escombros: la vana esperanza de encontrar algo a salvo.
“No lo comimos, lo compramos pero no lo comimos; se lo llevó la chingada”, lamenta Arturo al desplazarse hacia su refrigerador mientras alza de la boca un pescado que, impotente, vuelve a colocar dentro del refrigerador derretido, como quien busca dar marcha atrás a un reloj que lo traiga todo de vuelta.
La tristeza de Arturo tiene un trasfondo financiero y humano desgarrador, pues en los cuatro domicilios se resguardaba el trabajo y sustento diario de las cuatro familias; una pérdida económica que, tan solo en las herramientas de uno de los afectados, asegura Yeni, rondará más de 100 mil pesos. “Esto no es un hasta aquí, es para que sigamos luchando por nuestro patrimonio”.
—¿Y la pérdida total?
Yeni suspira antes de contestar:
—Qué te puedo decir, un montón, un montón…