Aumenta demanda de flores amarillas impulsada por tendencia en redes
Villahermosa, Tab., 10 de septiembre de 2026.- No está oculto, pero en ocasiones las seis estelas construidas en honor a los Niños Héroes parecen prisioneras tras garrotes de madera de árboles con copas verdosas y un anfiteatro de concreto ocupado ocasionalmente por personas en situación de calle que pasan la noche u obstruido por puestos de plantas. A 39 años de su inauguración, el conjunto permanece en el olvido de los capitalinos, a la sombra del segundo monumento edificado para los jóvenes cadetes en la avenida Paseo Usumacinta, donde cada 13 de septiembre se lleva a cabo la conmemoración oficial de su sacrificio durante la derrota de la Batalla del Castillo de Chapultepec ante las tropas invasoras de Estados Unidos.
El monumento, construido por la afamada escultora mexicana Paloma Torres, está ubicado en el extremo del parque Manuel Sánchez Mármol –conocido popularmente como La Pólvora–, dentro del espacio llamado Plaza de los Niños Héroes 1987. Aunque cuenta con algunas bancas, es más un lugar de paso donde casi nadie se detiene. Son más los escandalosos zanates que brincan en el pasto, además del sonido que puede resultar desesperante para quienes no logran discriminar el intenso tráfico vehicular que fluye entre la avenida Esperanza Iris y el periférico Carlos Pellicer Cámara.
Casi cuatro décadas después, las estelas –hoy multicolores– no solo se han deteriorado físicamente con grietas, huecos e incluso marcas de grafiti a lo lejos, sino que su historia se ha quedado estancada en el tiempo, sin traspasar al conocimiento de las nuevas generaciones.

Manuel Amauri Ortíz Flores, un joven estudiante que vestía la playera de la selección mexicana usada en el Mundial pasado, dijo conocer el monumento a los Niños Héroes de Usumacinta, pero desconocía que el espacio donde era entrevistado también surgió para honrar esa parte de la historia nacional. Desde su perspectiva, el abandono es visible, pues ha sido testigo de cómo las personas suelen tirar basura en el sitio; sin embargo, consideró fundamental la educación para no dejar morir los monumentos de la ciudad. “A veces hay maestros que no te enseñan bien sobre México”, expresó.
Momentos después, Nicol Alejandra Suárez y Carla Edén Cornelio atravesaron apuradas la plaza con dirección a la zona CICOM. Solo Nicol coincidió con Manuel al reconocer la estructura ubicada en Usumacinta, mientras señalaba que a la obra que tenía a sus espaldas –al igual que a otros monumentos de la capital– le hace falta mayor difusión.
De acuerdo con Nicol, la ignorancia sobre el tema recae tanto en el sistema educativo como en el desinterés de los ciudadanos por conocer los espacios por los que transitan diariamente. “Igual estaría bien que se le agregara algún tipo de placa con nombre a los monumentos que todavía no lo tienen”, sugirió. Por su parte, Carla Edén Cornelio respaldó la idea, pero antes de que se dirigieran a los salones del Centro de Educación e Investigación de las Bellas Artes (CEIBA), reconoció que ni siquiera conocía el monumento más popular (el de Usumacinta), por lo que agregó que las nuevas generaciones deben mostrar mayor interés por su entorno.
De acuerdo con el artículo titulado Monumento a los Niños Héroes (1987) del sitio web De Tabasco Soy –donde se documenta, entre otras fuentes, una entrevista con la artista Paloma Torres–, estas estelas surgieron por iniciativa del entonces gobernador Enrique González Pedrero, quien encomendó a la escultora edificar una nueva obra para sustituir la que se ubicaba entre la avenida Pagés Llergo y Gregorio Méndez Magaña. La plaza fue inaugurada formalmente el 13 de septiembre de 1987.
El texto explica que la artista se inspiró en un relieve del sitio arqueológico de Comalcalco donde seis personajes conversan. El proyecto original consistió en seis estelas en alusión a la cultura maya elaboradas en ferrocemento con acabado en piedra de cuarzo amarillo, las cuales caían sobre un espejo de agua que representaba a la madre patria y al origen hídrico de Tabasco.

Sin embargo, el protagonismo de la obra duró poco. A los pocos años se construyó el actual monumento sobre la avenida Paseo Usumacinta y, como consecuencia, administraciones municipales posteriores desdibujaron el origen de la obra de Paloma Torres al cubrir el cuarzo amarillo con pintura común y eliminar por completo el espejo de agua. Incluso, durante el trienio de Evaristo Hernández Cruz (2007-2009) la estructura fue pintada con los colores institucionales de su gobierno, adoptando con el tiempo las tonalidades azul, blanco, morado, rojo, amarillo y naranja que conserva hasta la fecha.