Fortalecen estrategias para prevenir y mitigar riesgo de suicidios en Tabasco
VILLAHERMOSA, Tab., 15 de julio de 2026.- En el número 202 del malecón Leandro Rovirosa Wade, en la colonia La Manga 2, se escribe diariamente una historia de fidelidad y naturaleza urbana. Pegado a la orilla del río Grijalva, a partir de las 6:30 horas, las primeras luces del día alumbran el arribo de aves de movimientos elegantes que aguardan pacientemente a una mujer. Se trata de Yadira Belén Vidal Morales, la dama de las garzas.

Cada mañana, en cuanto doña Yadira se dispone a abrir su puesto de venta de pollo, al menos dos decenas de garzas ya la esperan en los alrededores para alimentarse con los residuos del producto. Con el paso de las horas, la banqueta se transforma en un punto de reunión que evoca las plazas saturadas de palomas.

“A veces llegan hasta 40, 45 garzas. De repente llegan los zanates, el pijul, los chombos a veces también, los perros, los gatos, animalitos que son de la calle”, relata la comerciante, quien asume esta labor como el simple acto de compartir las bendiciones que Dios le provee.

Aunque Yadira llegó a vivir a La Manga 2 hace tres décadas, fue hace ocho años cuando inició formalmente con el negocio de la pollería. La interacción con la fauna del río comenzó por iniciativa de un vecino que operaba una fonda justo en la acera de enfrente. Cuando ella se instaló en la casa de sus tías —donde actualmente opera el local—, el señor le solicitaba los desperdicios del pollo para arrojárselos a las aves que descansaban en la orilla del Grijalva.
Con el tiempo, los animales identificaron con precisión el origen exacto del alimento y decidieron volar desde el cuerpo de agua directamente hacia la banqueta. “Y cuando vinimos a darnos cuenta, ya eran bastantes animalitos”, comenta doña Yadira entre risas, recordando que al final “ya el vecino se fue, pero me quedé con las garzas”.

Esta estrecha convivencia le ha permitido aprender a distinguir las jerarquías y comportamientos del grupo. Aunque no les tiene nombres individuales, reconoce perfectamente a la que ejerce el liderazgo.
“Cree que esto ya es de ella, es la que siempre pelea su espacio. Es su autoridad. Ya sé que cuando ella viene pues ya tiene la confianza que se acerca y sabe que no le voy a hacer nada, y ella con toda confianza viene y se para aquí”, explica mientras señala la mesa de su puesto.
Mantener esta dinámica no siempre es sencillo. Debido a la costumbre, las aves han ganado tanta confianza que en ocasiones invaden el mostrador o se posan en los árboles pequeños de los alrededores para vigilar de cerca el producto. Doña Yadira detalla que cuando se atrasa en sus labores, las garzas muestran su desesperación, rodeándola y emitiendo sonidos rítmicos para apresurarla. Por ello, procura despacharlas sobre la banqueta, cuidando que el tránsito vehicular disminuya para evitar accidentes, siendo las motocicletas y las bicicletas las principales amenazas para el gremio alado.

Asimismo, la comerciante desmitificó los comentarios de los transeúntes, quienes inicialmente le advertían que las aves eran agresivas y que podrían lastimarla o sacarle los ojos. “La realidad de las cosas es que no. Ellas son muy tranquilas, no te agreden”, asegura, añadiendo que la parvada se divide entre las garzas viejas, que ya dominan la mecánica de pedir comida con sonidos, y las nuevas, que observan el proceso a la distancia desde las ramas.

Para Yadira Belén, cuyos clientes terminaron por bautizar formalmente a su negocio como la pollería Las Garzas, este fenómeno va más allá de una anécdota pintoresca de Villahermosa; representa un síntoma preocupante sobre las condiciones actuales del medio ambiente local.
“La falta de alimento es lo que las hace venir acá. Es una alerta para nosotros los seres humanos: cuidar nuestra naturaleza. A consecuencia de lo que a ellas les hace falta, es lo que salen a buscar. Y es un reflejo de lo que nos puede suceder a nosotros. El día que no tengamos un alimento, quién sabe dónde vamos a migrar”, reflexiona con seriedad.
Al caer la tarde, el paisaje cambia por completo y no queda una sola ave en la zona. La tregua concluye temporalmente, pero el ciclo se reanudará puntualmente al día siguiente, cuando las herederas del río regresen a reclamar su espacio en la acera del malecón.




