Contexto
Qué preocupante es observar que cada vez más niñas, niños y adolescentes viven con sobrepeso u obesidad. En México, este problema afecta aproximadamente a cuatro de cada diez escolares y adolescentes, por lo que ya no puede considerarse solamente una cuestión meramente estética, sino una enfermedad que compromete su salud presente y futura.
Entre sus principales causas se encuentra el sedentarismo. Muchas horas del día transcurren frente al teléfono celular, la televisión, la computadora o los videojuegos, mientras disminuyen el juego al aire libre, las caminatas y la práctica deportiva. Los menores necesitan moverse diariamente; sin embargo, las condiciones familiares, escolares y urbanas no siempre favorecen una vida activa.
La alimentación también desempeña un papel fundamental. No todos los carbohidratos son perjudiciales: las frutas, verduras, leguminosas y cereales integrales son necesarios dentro de una dieta equilibrada. El problema aparece cuando predominan las bebidas azucaradas, el pan dulce, las galletas, los cereales refinados, las golosinas y otros productos ultraprocesados, que aportan grandes cantidades de azúcar y energía, pero poca fibra y escasos nutrientes.
Cuando este patrón alimentario se combina con poca actividad física, el organismo debe producir cada vez más insulina para mantener la glucosa en niveles normales. Con el tiempo puede aparecer resistencia a la insulina, una alteración que ya se observa en una cantidad preocupante de niños mexicanos, principalmente entre quienes presentan obesidad abdominal. En algunos casos, una señal visible es el oscurecimiento y engrosamiento de la piel del cuello o las axilas, conocido como acantosis nigricans.
Además, la obesidad no consiste solamente en acumular grasa. El tejido adiposo produce sustancias capaces de generar inflamación crónica de bajo grado. Esta inflamación no causa fiebre ni dolor evidente, pero puede deteriorar silenciosamente la acción de la insulina y favorecer hígado graso, hipertensión, alteraciones del colesterol y otros lípidos y diabetes tipo 2 desde edades tempranas.
La solución no es culpar ni avergonzar a los niños. Es necesario transformar el entorno en el que crecen: ofrecer agua en lugar de bebidas azucaradas, recuperar los alimentos frescos, reducir los ultraprocesados, limitar el tiempo frente a las pantallas y garantizar oportunidades seguras para jugar y hacer ejercicio.
Prevenir la obesidad infantil es una responsabilidad compartida entre familias, escuelas, profesionales de la salud y autoridades. Actuar durante la infancia significa evitar enfermedades crónicas en la edad adulta y proteger el futuro de toda una generación.
P. D. ¿Cuánto tiempo pasan diariamente nuestros niños en movimiento y cuánto permanecen sentados frente a una pantalla?




