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VILLAHERMOSA, Tab., 2 de agosto de 2026.- En el pecho derecho de su uniforme azul se lee Centro de masajes y quiropraxia, García; en el izquierdo, su nombre. Detrás de sus lentes oscuros hay una mirada fija en el horizonte y una ceguera total irreversible provocada hace ocho años por la diabetes mellitus tipo 2.
A sus 54 años, Carlos Manuel García May recuerda con precisión el quiebre de su vida. Antes de perder la vista, trabajaba como sobreestante de obras en carreteras federales; un puesto operativo de alta responsabilidad en el sector de la construcción donde, sin ser ingeniero civil, ejecutaba la supervisión técnica en campo, trazos de rutas y control de cuadrillas, percibiendo ingresos que en el sector público promedian entre los 12 mil y 18 mil pesos mensuales.
El diagnóstico médico apagó ese entorno. "Estoy totalmente ciego. Hace ocho años perdí la vista totalmente", relata. El cambio drástico lo sumergió en un año y medio de depresión profunda, aislado del mundo. "Al año y medio reacciono y me doy cuenta de que podría lograr algo. Con la ayuda de Dios regreso para prepararme".
El soporte técnico y emocional para su retorno lo encontró en el Centro Integral para Ciegos y Débiles Visuales del DIF estatal. Ahí se inscribió en el centro de capacitación y terapias manuales. Para 2023, formó parte de las primeras generaciones de invidentes en obtener un título y un diplomado en la materia. Actualmente, complementa su perfil estudiando una carrera en computación y practica Goalball, un deporte específico para personas con discapacidad visual.
Tres meses antes de titularse, Carlos Manuel comenzó a practicar con familiares y amigos. Posteriormente, se instaló en la explanada de la clínica 44 del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) para ofrecer sus servicios de quiropraxia a cambio de aportaciones voluntarias. El ejercicio constante consolidó una cartera de clientes fija que le permitió establecer tarifas formales y equipar una cabina propia.
"Yo como ciego, al tocar una contractura de un músculo lo identifico mucho más rápido que una persona vidente, porque mi tacto está altamente desarrollado", explica con solvencia técnica. Su oído y olfato también se agudizaron, compensando la pérdida orgánica.
Hoy en día, su consultorio privado cuenta con herramientas para electroestimulación, bolsas de calor eléctricas, bolsas para hidroterapia y masajeadores eléctricos. Su eslogan es directo: “Para mí la salud de mis clientes es lo más importante”. Lo de él fue un daño irreparable, y ahora busca evitar que las limitaciones físicas de otros se vuelvan permanentes.
La pérdida de la visión trajo consigo rupturas colaterales. Carlos Manuel, quien ya se encontraba separado de su esposa desde hace 18 años —con quien procreó tres hijos hoy mayores de edad—, enfrentó también el distanciamiento de la pareja con la que compartía su vida al momento de quedar ciego.
“Cuando uno pierde la visión, uno piensa que todo se acabó, porque uno no tan solo pierde la visión, también pierde amistades, familiares, pierde uno muchas cosas porque las personas se alejan. Pero el perder la visión no debe de ser impedimento para salir adelante. Es una parte del cuerpo que hace falta, sí, pero desarrolla uno otros sentidos. Uno puede hacer todas las actividades normales que cualquier persona hace. Tal vez tardamos más pero siempre la realizamos”, reflexiona.
Actualmente, su enfermedad se mantiene controlada y sin causar más estragos. Su jornada se divide en dos bloques: de lunes a jueves, de 8 a 14 horas, atiende de manera pública en la explanada del Seguro Social; por las tardes, ofrece consultas en su cabina a las 15 y 17 horas, espacio donde también labora los domingos en un horario de 9 a 17 horas. Su consultorio se ubica en la calle Abraham Bandala número 107, en la colonia Tamulté, entre las calles Aldama y Cristóbal Colón, atendiendo citas programadas a través de las líneas 9931955339 y 2285803784.
En retrospectiva, Carlos Manuel asume su presente con una fe reforzada, atribuyendo a la sabiduría divina la capacidad de encontrar orden en la invidencia. Su nueva meta es abrir una clínica de rehabilitación quiropráctica integral.
—¿Usted tenía sueños antes de perder la visión? —se le cuestiona.
—Vivía el día a día. Nunca tuve en mi mente una meta como ahora —responde.
Tras sus palabras, queda un silencio que los carros de la avenida interrumpen, pero mientras sus ojos guardan una oscuridad infinita, su mente proyecta el siguiente paso.