Testigo fiel
En Tabasco, el transporte público ya no es un servicio: es un lujo que se cobra como si fuera privilegio. Javier May y Rafael Elías Sánchez Cabrales decidieron que a partir del 5 de agosto todo mundo pague más. El pasaje general sube a 12 pesos, el Movitab a 13, los motocarros a 12 y los taxis especiales arrancan en 40 pesos.
Las tarifas preferenciales también se disparan: estudiantes y adultos mayores pagarán 10 pesos, el preferente general pasa a 9 y el subsidiado a 6. Solo las personas con discapacidad seguirán sin pagar. Para el resto, el golpe es directo al gasto diario de las familias que ya viven contando los pesos para completar la semana.
La realidad es clara: el salario no crece, pero el costo de moverse sí. Y mientras tanto, el dinero que el gobierno reparte como “apoyo social” cada día sirve para menos. Lo que ayer alcanzaba para llenar la despensa, hoy apenas cubre el pasaje de ida y vuelta de un ciudadano al mes.
El discurso oficial presume subsidios y transferencias, pero en la calle esos pesos se evaporan frente a la inflación y los aumentos.
Lo más preocupante no es solo el aumento, sino el silencio. La gente no protesta, no reclama, no se organiza. ¿Nos hemos resignado a que cada decisión oficial se traduzca en más carga para el ciudadano? ¿Nos hemos acostumbrado a que el bolsillo se vacíe sin respuesta?
La pregunta es inevitable y debe hacerse en voz alta: ¿qué va a pasar cuando el transporte deje de ser opción? ¿Qué va a pasar cuando los estudiantes tengan que elegir entre pagar el pasaje o comer algo? ¿Qué va a pasar cuando los adultos mayores tengan que caminar porque el bolsillo ya no da?
El aumento está aquí. El silencio también. Lo que falta es la respuesta ciudadana. Porque si no levantamos la voz ahora, mañana el golpe será más fuerte y más difícil de revertir.