Contexto
El INE es protagonista del peor de los escándalos que órgano público haya tenido. No guarda precedente. En muy poco tiempo, el obradorismo acabó con una institución ejemplar que gozaba de confianza pública, en una circunstancia donde ese preciado activo es escaso y excepcional para una entidad relacionada con la política. El INE era una institución de Estado de los mexicanos, ahora despojados por el régimen político; como muestra, la parcialidad que le ha caracterizado y que ha sido fundamental para la destrucción del régimen democrático.
El INE obradorista no participó del robo de la elección alterando resultados o simulando votos, hizo algo peor y más pernicioso: golpe de Estado al régimen del pluralismo democrático al otorgar una mayoría espuria a una minoría (Morena obtuvo 40.8% de los votos) con poder de cambiar la Constitución. El eje de la transición democrática era que ninguna fuerza política, por sí misma, pudiera cambiar las reglas del juego ni las instituciones fundamentales de la República. El INE y el Tribunal Electoral acabaron con eso y el país ahora padece un régimen a años luz al de la República democrática.
Los eventos de ahora son consecuencia. Sin embargo, el escándalo de la corrupción desbordada no es el problema mayor, tampoco que fuera presidido por una persona carente de las prendas básicas para el servicio público. La mayor falta del INE es la parcialidad, que le ha llevado a suscribir el principio básico del obradorismo: “no me vengan con eso de que la ley es la ley”. El mejor ejemplo, a la vista de todos, el desentendimiento de los periodos de campaña por parte de la coalición gobernante. Dejar que partidos y candidatos puedan iniciar proselitismo, los deja libres de todo control en un país donde el crimen organizado ha abierto, a patadas, la puerta de la competencia política para hacerse de gobiernos locales y municipales.
Se puede decir que gracias al escándalo de la señora Guadalupe Taddei sirvió para dejar en claro que con ella el INE dejó de ser lo que era; pero no llegó sola, fue engendro del régimen, de López Obrador y de uno de sus más cercanos, el gobernador Alfonso Durazo. Ella se tuvo que ir, pero el INE ya no es lo que era. Obligado preguntar ¿la institución está herida de muerte?
Sí y no. No, porque preserva buena parte de la estructura necesaria para organizar elecciones, que la corrupción no comprometió de manera fatal. Por ejemplo, la credencial de elector sigue siendo un instrumento confiable y, seguramente, el INE no ha perdido capacidad para que la jornada electoral tenga lugar en orden, que los escrutinios ocurran con regularidad, se den a conocer los resultados provisionales con oportunidad y que la documentación electoral sea cuidada.
Sí está herido de muerte porque perdió lo que más vale: la confiabilidad, producto de su profesionalismo, autonomía e independencia, particularmente del poder y de los partidos. Los consejeros, en su mayoría, incluyendo a su consejera presidenta provisional, Blanca Yassahara Cruz, votaron por validar las boletas planchadas y que no se verificaran a los observadores electorales con las listas de miembros de los partidos o las de los servidores de la nación (sic). La mayoría del consejo, los nombrados después de la elección intermedia, sirve al régimen, al que se deben y le cumplen con disciplina y reciprocidad. Esos consejeros eran compañeros de viaje de la señora Taddei, a la que ahora niegan. Ellos y el régimen la queman en la hoguera de la deshonra a modo de eludir su propia responsabilidad y expiar su culpa. Vaya exhibición de cobardía. Pero el régimen continúa en su deriva autoritaria, con un mal simulado código de obediencia y condena al independiente.
La guillotina y los cuchillos largos al interior del INE no resolverá el problema de fondo. Su desprestigio y disfuncionalidad no sólo provienen de la venalidad de sus directivos, muchos de ellos clientes al patíbulo del comité de salvación pública, en búsqueda de su Robespierre. El problema, el régimen le robó su alma libertaria que, en diversos capítulos, a veces de manera accidentada, mantuvo la flama democrática, esa que ha vivido en nuestro país ocasionalmente, por breves pausas.
Lo menos que merece el país es asumir la derrota que le impuso el obradorismo. Simular que el problema se resuelve con la defenestración de Taddei y los suyos o afines significa dar vigencia, actualidad y reconocimiento al INE del autoritarismo, al INE de la ilegalidad, el INE del despojo democrático.