Altar mayor
La palabra soberanía suele aparecer en los discursos mañaneros, cada vez que surge un conflicto interno y se voltea a ver a otro país.
Se habla de defender a México, de proteger nuestra independencia y de no permitir injerencias extranjeras.
Pero pocas veces nos preguntamos algo muy sencillo:
¿Qué significa realmente ser un país soberano?
¿Tener una bandera, un himno y un territorio propio?
¿O vivir en un país donde la gente pueda caminar tranquila, trabajar en paz y confiar en sus autoridades?
Hace algunos días escuché una reflexión interesante. Provenía de la legisladora española Cayetana Álvarez.
La soberanía no solamente se pierde cuando interviene otro país. También puede perderse poco a poco cuando la delincuencia controla territorios, cuando las instituciones dejan de funcionar o cuando los ciudadanos dependen cada vez más de quienes están en el poder.
Y eso merece pensarse.
Porque para una madre que tiene miedo de que sus hijos salgan a la calle, el problema no es la geopolítica.
Para un comerciante que paga extorsión, el problema no es la diplomacia.
Para una familia que busca a un desaparecido, el problema no son las relaciones internacionales.
El problema es que el Estado no está cumpliendo plenamente con su obligación de proteger a sus ciudadanos.
La verdadera soberanía empieza ahí.
Empieza cuando la ley se respeta.
Cuando la justicia funciona.
Cuando las autoridades sirven a la gente y no la gente a las autoridades.
México necesita seguir defendiendo su independencia, por supuesto.
Pero también necesita recuperar la confianza de los ciudadanos en sus instituciones.
Un país fuerte no se construye únicamente con discursos patrióticos.
Se construye con seguridad, justicia, oportunidades y respeto a la ley.
Tal vez ha llegado el momento de dejar de preguntarnos quién amenaza a México desde afuera y comenzar a preguntarnos qué estamos haciendo para fortalecerlo desde adentro, la soberanía no se grita.
La soberanía se demuestra.
La soberanía se demuestra. Es tiempo de reflexionar y exigir que esta palabra sea respetada, y que no siga utilizándose como un recurso discursivo vacío mientras la realidad exige resultados.




