Victorias pírricas
Después de observar la actitud mostrada por el chofer de Pepín López Obrador ante los cuestionamientos de la prensa, queda una impresión preocupante.Las preguntas no eran un capricho ni una agresión. Estaban relacionadas con las versiones que lo ubican como aspirante o precandidato a la presidencia municipal de Macuspana. Sin embargo, la respuesta fue el silencio, el desdén y una actitud que muchos identifican con algunos de los peores vicios del poder: soberbia, prepotencia y desprecio por la rendición de cuentas.
Ni siquiera me interesa demasiado quién es el personaje en cuestión, ni lo conozco.
Lo relevante es la sensación de que basta estar cerca de determinadas figuras para sentirse con derecho a aspirar a un cargo público.Y entonces surge una pregunta inevitable: ¿quién es Pepín López Obrador?Su principal activo político, para bien o para mal, es pertenecer a una familia ampliamente conocida en la vida pública nacional. Esa realidad alimenta la percepción de que en Morena siguen pesando más los apellidos y las relaciones que los méritos, la trayectoria o los resultados.
Lo verdaderamente importante no es el parentesco, sino la responsabilidad del cargo que hoy ocupa.
Los tabasqueños merecemos el derecho a preguntarse qué resultados aporta, cuál es su contribución al gobierno estatal y por qué debería mantenerse en una posición de tanta relevancia.
En una democracia sana, ningún funcionario debe estar protegido por su apellido, sus relaciones o su cercanía al poder.
Todos deben ser evaluados por su desempeño, sus capacidades y los resultados que ofrecen a los ciudadanos.Y si esos resultados no son visibles, como sucede, la crítica ciudadana no sólo es válida: es necesaria.




