Ernesto Ruffo es inocente
Las posiciones de confrontación entre México y Estados Unidos siguen escalando en el discurso político de los presidentes de ambos países.
La semana pasada, desde la ONU, Donald Trump arremetió contra el gobierno de Claudia Sheinbaum al asegurar que México es el “epicentro de la violencia de los cárteles”.
El republicano consideró “inaceptable” que su país comparta una frontera de más de 3 mil kilómetros con un territorio que, según dijo, está bajo control de organizaciones criminales.
Las declaraciones de Trump se produjeron en un contexto de presión de Washington sobre México para reforzar las acciones contra el tráfico de drogas, las organizaciones criminales y los funcionarios presuntamente vinculados con actos de corrupción.
Ayer, la presidenta Sheinbaum aprovechó el cierre de la gira nacional de rendición de cuentas que realizó durante septiembre por las 32 entidades federativas para enviar un mensaje desde el Zócalo a su homólogo estadounidense.
“Ninguna potencia extranjera, ninguna élite económica o política tiene el derecho de dictar el presente y el futuro de nuestra patria”, expresó la mandataria.
Rechazó cualquier intento de injerencia, intervencionismo o violación de la soberanía nacional. “México es un país libre, independiente y soberano”, afirmó.
El pronunciamiento ocurre en medio de las recientes diferencias públicas entre México y Estados Unidos en asuntos como seguridad, combate al narcotráfico y cooperación bilateral.
Y aunque Sheinbaum no pronunció en su discurso el nombre del huésped de la Casa Blanca, el mensaje parece claramente dirigido a Trump, después de las reiteradas críticas que el presidente estadounidense ha lanzado contra México y su gobierno.
Hasta ahora, a casi dos años de haber llegado al poder, la relación entre ambos mandatarios se ha mantenido principalmente por la vía telefónica y a distancia, sin que se haya concretado todavía un encuentro presencial entre ambos en la Oficina Oval o en Palacio Nacional.
La tensión, por lo tanto, no sólo se mantiene en el discurso. También comienza a marcar el tono de una relación bilateral que, pese a la vecindad y a la enorme interdependencia económica, sigue sin encontrar un espacio presencial para procesar sus diferencias.




