Villahermosinos exigen informe oficial sobre fuertes olores a hidrocarburo
VILLAHERMOSA, Tab., 22 de septiembre de 2026.- El cielo se mantuvo quieto sobre la Plaza de Armas de Villahermosa; aunque era de un tono azul grisáceo porque había querido llover, pero no pudo. Un grupo de diez personas había decorado con globos y flores blancas el árbol que representa la incansable búsqueda de familiares de desaparecidos en Tabasco: el árbol de la esperanza, frente al Tribunal Superior de Justicia. De rama a rama, en una lona mediana, colgaba la ficha de búsqueda donde Mario Rubicel Ross May aparece sonriendo con una playera de cuello redondo color azul que tiene impresa la palabra Classics. La ficha es de un día como hoy, 22 de septiembre, pero de hace diez años. Debajo, la flama de cuatro veladoras no cesa ante el viento y sus familiares la han puesto ahí esta tarde para mandar un único mensaje tras una década sin saber de él:
–Te amamos y donde quiera que estés, Dios te bendiga –dijo la señora Imelda May Rodríguez, madre de Mario, al finalizar sus anhelos y esperanzas, para después leer la oración de los desaparecidos.
La señora Imelda tiene el cabello corto, sinuoso y casi del mismo tono de blanco que el de los globos que cuelgan del árbol. Todavía con algo de lágrimas en el contorno de los ojos, pide con urgencia su celular. Una aplicación que transcribe el audio es la forma que tiene de comunicarse, tras perder la audición a causa del Covid-19. La misma foto de la ficha de Mario está impresa en la playera que la viste. En el fondo, los colores de la patria mexicana se han encendido y revisten al Palacio de Gobierno. De pronto, doña Imelda habla con la bandera detrás de sí y es como si hablara por un país entero.

La tarde del 22 de septiembre de 2016, la familia Ross May había quedado en reunirse en la casa de Mario, ubicada en la calle Cuatro del fraccionamiento Carrizal en Villahermosa. En la mesa de su casa subía un dulce aroma que salía de unos bocadillos horneados que habían preparado sus hijas. Acaso los había probado cuando salió en un vehículo blanco de Pemex, el cual conducía porque era su herramienta de trabajo: era chófer de la empresa. Se dirigió a la calle Ocho, donde doña Imelda vivía, y le entregó un platillo especial que ella había preparado porque era uno de sus favoritos. Momentos más tarde, cuando la noche había caído, fue la esposa de Mario quien alertó a la familia diciendo que su esposo no aparecía.
“Por mi edad he bajado mi ritmo de búsqueda”, lamenta Imelda, tras advertir que su discapacidad auditiva ha dificultado, sin detener, su causa; “ese ha sido un impedimento grandísimo para mí, para poder seguir luchando en la búsqueda de mi hijo, pero no por eso he dejado de hacerlo. Es muy duro. A ninguna madre le gusta que le hagan daño a nuestros hijos. Y menos cuando un hijo es bueno. Y aunque fuera una mala persona, es tu hijo y lo tienes que defender”, dice Imelda May cuando la noche ha caído y el fuego de las veladoras es más naranja que antes y, finalmente, se sincera: “Estoy como si fuera el primer día: con la angustia, la desesperación”.
La noticia le llegó a Teresa del Carmen Ross May, hermana de Mario, con un presentimiento visual que se negaba a creer: momentos antes de que su cuñada diera el aviso, patrullas de policías estatales y viales impedían y controlaban el tráfico porque a dos cuadras de la casa de su hermano, cerca del campo conocido como Tamulté, hombres con armas largas bajaron de una camioneta grande y blanca que pertenecía a la entonces Procuraduría General de la República, rodearon la camioneta de Mario alrededor de media hora y dispararon al menos 17 veces al aire, porque en el lugar se encontraron casquillos que presuntamente habrían sido usados para amedrentarlo.
“Y vi un carro parecido al que manejaba mi hermano, pero como son carros de Pemex, nunca imaginé que era el de él. Para mí que mi hermano estaba en su campo de trabajo”, recuerda Teresa, quien coincide con la versión de su madre, y afirma que Mario, durante y después de eso, fue torturado.
Teresa lleva una blusa blanca sin mangas y tiene las mismas lágrimas en los mismos ojos que su madre, pero no las suelta. El acto de este día “no es celebración, es para que, en un momento dado, de forma familiar y espiritual, decirle a mi hermano que lo seguimos buscando y ver si logramos llegar con las personas que tuvieron que ver con su desaparición”, afirma Teresa. “Pedimos saber de él, dónde está y pues, obviamente, ¿qué hace cada familia? Lo buscamos vivo”, dice, al tiempo que comparte que a lo largo de este periodo ha habido muchas ocasiones en que se les ha dicho que ya no busquen: “¿Pero a una madre dónde le vas a decir que deje de buscar a un hijo? Pues no, nosotros como familia nunca dejaremos de buscar hasta saber de él”.
Ese 22 de septiembre de 2016, Teresa había quedado de visitar a Mario, pero un retraso imprevisto en su trabajo le impidió llegar antes de que desapareciera. “Es un pesar que aún cargo, porque me hubiera gustado verlo antes de los sucesos”, sentencia.
“Donde le decían: ‘Acá lo tenemos’, allá iba”, relata Teresa al recordar la búsqueda que, al igual que doña Imelda, su mamá, su padre también realizó hasta fallecer en 2020 a causa del Covid-19. El señor Mario Ross durante muchos años encabezó luchas sociales en favor de los derechos laborales de los petroleros y, como consecuencia, también se ganó enemigos que repercutieron negativamente en su núcleo familiar.

“Nosotros ya le habíamos pedido que por favor dejara esa lucha social a favor de los líderes sindicales”, afirma tras recordar que una de las últimas cosas que hizo su padre en vida fue pedirles perdón, pues murió creyendo que sus convicciones le arrebataron a su hijo.
“Mi papá creía férreamente que tenía el derecho de lograr ser líder. Pero en esa lucha no consiguió nada”, dice Teresa al referirse a Carlos Romero Deschamps, quien fue líder del Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana durante 26 años y al que Mario Ross buscaba destituir sin conseguirlo. De acuerdo con Teresa, esto levantaba suspicacias entre los familiares, pues mantienen la sospecha de que esos vínculos y roces fueron los que terminaron provocando el secuestro de su hermano.

“Mi papá se recorrió todo el Estado de México y nunca lo encontró”, recuerda Teresa, quien afirma que en muchas ocasiones les tocó tratar con personas que le daban pistas falsas a cambio de dinero. “‘Con estos zapatos que tú me compraste’ –cita Teresa para resumir las palabras de su padre–, ‘yo no me voy a cansar de buscarte’”. Mario Ross murió sin dar con el paradero de su hijo.

“Esas preguntas me pegan horrible”, dice Ross May para referirse a cómo era su hermano, a quien recuerda como una persona muy buena, dispuesta a ayudar sin importar el motivo o la hora del día, trabajador y un padre amoroso y dedicado a la familia. “De los cuatro hermanos, yo era la más cercana a él”, sostiene, al tiempo que reafirma que el dolor es latente y ha permeado durante una década: “Eso nunca se nos va a quitar, hasta que lo encontremos”.
Tras diez años, lo único que les queda, afirma Teresa, es no ceder en la búsqueda y apoyar a su madre, ya que tras una desaparición “la vida te cambia. La vida le cambia a una familia y a todos los seres cercanos. Es una transformación total, pero es una transformación de dolor, de superación y resiliencia. No hay ninguna familia que no tenga secuelas tras una desaparición. Es algo donde puedes estar bien y de pronto te da un bajón, una depresión, y entonces tienes que luchar por ti misma y por tu familia. Nosotros luchamos por mi mamá para que ella se mantenga fuerte”, finaliza.
El cielo ya es muy oscuro. El fuego de las velas arde con más fuerza. El cielo nunca soltó la lluvia este 22 de septiembre en que Mario cumple una década sin ser encontrado.