El quiebre de la normalización de la violencia
México atraviesa uno de los momentos más complejos de su historia reciente. La imagen que hoy proyecta al mundo como país, como destino turístico, como receptor de inversiones, como democracia y como sociedad, dista mucho de aquella que durante décadas buscó construir. Mientras otras naciones compiten por atraer capitales, fortalecer sus instituciones y consolidar su prestigio internacional, el gobierno mexicano parece empeñado en alimentar la división, la polarización y el encono entre los propios mexicanos.
En su afán de mantenerse instalado en una narrativa de permanente victimización, propia de la izquierda más recalcitrante, el gobierno se niega a asumir su responsabilidad en la generación de muchos de los problemas que hoy le han estallado en las manos. En lugar de ofrecer soluciones, reparte culpas. En lugar de reconocer errores, revive una y otra vez los fantasmas del complot, de la conspiración internacional y de los enemigos imaginarios que supuestamente operan para sabotear su proyecto político.
Oportunidades perdidas
Desde luego, sería ingenuo ignorar la complejidad del entorno internacional. El mundo atraviesa una etapa marcada por guerras, conflictos regionales, disputas por recursos estratégicos, tensiones geopolíticas y una reconfiguración del poder global. En esa lucha por la influencia económica, tecnológica y militar, México no es protagonista. Se ha convertido, más bien, en un espectador y, en el mejor de los casos, en una pieza más dentro de un tablero de ajedrez cuyas reglas y movimientos son definidos por otros.
Parte de esa condición obedece a la incapacidad de los gobiernos recientes para aprovechar las oportunidades históricas que se presentaron. La defensa dogmática de ideologías que han demostrado su fracaso y la falta de visión estratégica han impedido retomar la ruta del desarrollo. México necesita una economía abierta, competitiva, libre de obstáculos innecesarios para la inversión; requiere un verdadero Estado de derecho, eficaz y funcional; necesita garantías suficientes de seguridad y una administración de justicia independiente, autónoma de los intereses políticos y gubernamentales.
Sin embargo, el país ha experimentado un grave retroceso democrático. La captura del Poder Judicial y la desaparición de organismos autónomos que durante años funcionaron como contrapesos institucionales han deteriorado la confianza nacional e internacional. Esos organismos, con todas sus limitaciones, representaban garantías de certidumbre para los inversionistas y para quienes observaban a México como una nación comprometida con reglas claras y estables.
México 86 vs México 26
La entronización del populismo ha provocado daños profundos. Sus consecuencias están a la vista. Basta recordar que, en 1986, pese a haber sufrido uno de los terremotos más devastadores de su historia apenas unos meses antes de la Copa Mundial de Futbol, México logró organizar un torneo exitoso que fortaleció su prestigio internacional. Aquella fue la imagen de una nación resiliente, capaz de sobreponerse a la tragedia, orgullosa de su historia y de su riqueza cultural, y atractiva para millones de visitantes.
Hoy el escenario es muy distinto. Lo que encuentran quienes visitan el país son calles tomadas por la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, una organización que mediante tácticas de presión ha logrado mantener contra las cuerdas al mismo gobierno que contribuyó a revitalizarla y convertirla en aliada electoral. El resultado es un Estado incapaz de contener a uno de sus propios socios políticos.
Pero la CNTE es apenas una parte del panorama. También están los colectivos de familiares de personas desaparecidas que continúan buscando a sus seres queridos ante la insuficiencia de las instituciones; los transportistas que exigen seguridad en las carreteras; los jubilados que observan con preocupación el destino de sus ahorros y pensiones; y los trabajadores del sector salud que demandan condiciones mínimas para atender a los pacientes sin poner en riesgo sus vidas.
Decepción y depresión
A pocos minutos de que el balón vuelva a rodar en el Estadio Azteca y de que los ojos del mundo se posen nuevamente sobre México, el país parece atrapado en una especie de shock colectivo. Existe una sensación creciente de desaliento social, alimentada por la percepción de que el gobierno se encuentra paralizado, rebasado por los problemas e incapaz de ofrecer respuestas eficaces.Resulta particularmente revelador que ni siquiera la propia Presidenta de la República parezca contar con las condiciones políticas y de seguridad para salir libremente al Zócalo, mezclarse con los ciudadanos y disfrutar la fiesta futbolística que durante décadas ha servido como espacio de encuentro nacional.A ese grado hemos llegado. Antes de que el árbitro marque el inicio del partido, México ya parece haber salido derrotado al terreno de juego. No por falta de talento, de recursos o de historia. Tampoco por ausencia de capacidades. La derrota proviene de una crisis de conducción política, de instituciones debilitadas y de una sociedad que observa con preocupación cómo se desperdician oportunidades mientras el país se aleja, cada vez más, de la nación moderna, democrática y próspera que aspiraba a ser.