Y hablando de salud...
El caso de Patricia Lanestosa Vidal y Fanny Vargas Vázquez no es solo un pleito interno. Es la muestra de cómo Movimiento Ciudadano en Tabasco se ha convertido en rehén de sus propias fracturas y de las órdenes que llegan desde arriba. Las palabras de Pedro Palomeque en lugar de ayudar complicaron mucho más el problema en que se encuentra MC-Tabasco.
Hay que recordar que Patricia Lanestosa no abandonó la diputación por decisión personal. Fue obligada a renunciar en medio de la disputa de los dos grupos que se pelean el control del partido. Esa obediencia institucional la colocó en una posición incómoda, pero también respetable: acató la línea, aunque no fuera justa.
Después de que la dirigencia nacional ordenó recomponer las fracciones divididas, Patricia Lanestosa ha buscado regresar a su curul como titular legítima. Sin embargo, el mismo partido en la entidad que la obligó a salir parece resistirse a devolverle lo que por derecho le corresponde.
Esa incongruencia desnuda la fragilidad de MC en Tabasco: primero exige disciplina, luego niega la justicia.
En este contexto hay un costo político, y es el mensaje hacia la ciudadanía que es devastador. ¿Cómo se puede confiar en un partido que obliga a sus militantes a renunciar y luego les niega el regreso? La palabra incumplida no solo afecta a las personas involucradas sino que también erosiona la credibilidad de MC frente a la sociedad.
El partido se muestra como una organización que decide desde la cúpula y que usa a sus cuadros como piezas intercambiables.
Mientras MC se enreda en acuerdos rotos y órdenes nacionales, la ciudadanía sigue esperando respuestas a problemas reales: transporte, inseguridad, espacios públicos. La curul en disputa no resuelve nada de eso. Al contrario, exhibe que la política se ha convertido en un juego de facciones, ajeno a la vida cotidiana.
La conclusión es que Patricia Lanestosa tiene la razón legal y moral: fue obligada a salir y ahora se le niega el regreso. Pero más allá de ella lo que queda claro es que MC pierde frente a la ciudadanía. La curul se convierte en un símbolo de obediencia y de incongruencia, y el partido, fractura en su credibilidad.




