El quiebre de la normalización de la violencia
En política existen derrotas que terminan con un gobierno y victorias que sobreviven durante generaciones. Las primeras se cuentan en elecciones; las segundas se convierten en cultura. Tabasco conoce bien esa diferencia.
Con frecuencia se afirma que la política tabasqueña ha transitado del garridismo al PRI, del PRI al PRD y del PRD a Morena. La afirmación es correcta desde la cronología, pero insuficiente para comprender el fenómeno de fondo. Lo que realmente ha sobrevivido no son los partidos ni las ideologías; ha sobrevivido una élite, la manera de entender y ejercer el poder.
Ésa es, quizá, la verdadera sombra de Tomás Garrido Canabal.
No porque su proyecto político permanezca vigente –la historia nunca se repite de manera idéntica–, sino porque dejó una cultura política cuya influencia todavía puede percibirse en las relaciones entre gobernantes, partidos e instituciones. El garridismo construyó una lógica donde el liderazgo personal predominaba sobre las instituciones, la disciplina se imponía sobre la deliberación y la lealtad valía más que la autonomía.
Las décadas pasaron. Cambiaron los colores, cambiaron los discursos y cambiaron los protagonistas. Sin embargo, muchas prácticas sobrevivieron. La centralización de las decisiones, la concentración del liderazgo, la reproducción de las élites y la tendencia a identificar al gobierno con el Estado continúan apareciendo bajo distintas expresiones políticas.
No es casualidad.
Pierre Bourdieu explicaba que el poder también se hereda. No necesariamente mediante vínculos familiares, sino a través del capital político: relaciones, prestigio, estructuras partidistas y redes de influencia que permiten a ciertos grupos conservar posiciones de privilegio aun cuando cambian las siglas bajo las cuales compiten. Por eso, las alternancias electorales no siempre producen una verdadera renovación democrática; con frecuencia solo redistribuyen el poder entre actores que comparten una misma cultura política.
Robert Michels llegó a una conclusión semejante cuando formuló la ley de hierro de la oligarquía. Incluso los movimientos que nacen prometiendo abrir la participación terminan construyendo dirigencias interesadas en preservar el control de las decisiones. La renovación se convierte en discurso; la continuidad permanece en los hechos.
Pero ninguna estructura de poder puede sostenerse únicamente mediante el control de las instituciones. También necesita controlar el lenguaje.
Antonio Gramsci entendió que la hegemonía comienza cuando un grupo consigue que su visión de la realidad sea aceptada como la única legítima. Es entonces cuando aparece el falso discurso político: una narrativa que habla permanentemente en nombre del pueblo, de la justicia, de la transformación o de la democracia, mientras reduce progresivamente los espacios para el pluralismo y convierte la discrepancia en sospecha.
El problema no radica en utilizar esas palabras. El problema surge cuando dejan de describir principios universales y se convierten en patrimonio exclusivo de quienes gobiernan. Cuando solo un grupo se atribuye el derecho de representar al pueblo, inevitablemente todos los demás dejan de ser vistos como interlocutores legítimos.
Toda hegemonía necesita un antagonista.
Carl Schmitt advirtió que la política puede degradarse cuando sustituye la competencia democrática por la lógica del amigo y el enemigo. En ese momento, el opositor deja de ser un ciudadano con derechos para convertirse en un obstáculo moral que debe ser desacreditado antes que debatido.
Así comienza uno de los procesos más peligrosos para cualquier democracia: la construcción del enemigo político.
Primero llegan las etiquetas. Conservador, traidor, corrupto, privilegiado, enemigo del pueblo o cualquier otra categoría que permita simplificar la realidad hasta dividirla entre buenos y malos. Después aparece el discurso discriminatorio, que ya no combate ideas sino personas; ya no discute argumentos, sino identidades. El adversario deja de ser alguien con quien se compite dentro de las reglas democráticas para convertirse en alguien cuya participación parece indeseable.
La historia enseña que la exclusión política casi nunca comienza con leyes represivas. Comienza con el lenguaje. Porque antes de limitar derechos es necesario convencer a la sociedad de que existen ciudadanos cuya voz merece menos consideración que la de otros.
Pierre Bourdieu llamó a este fenómeno violencia simbólica: la capacidad de imponer una forma de interpretar la realidad hasta hacerla parecer natural. Quien controla el significado de palabras como democracia, pueblo, justicia o corrupción posee una ventaja mucho más poderosa que cualquier mayoría legislativa.
El siguiente paso suele ser el sometimiento del adversario. No necesariamente mediante la persecución abierta, sino a través de mecanismos más sofisticados: la estigmatización permanente, la exclusión de los espacios de decisión, la presión política, la captura institucional o la descalificación sistemática de toda crítica. El pluralismo permanece formalmente, pero pierde eficacia real.
Steven Levitsky y Daniel Ziblatt han advertido que las democracias del siglo XXI rara vez mueren de manera espectacular. Su deterioro suele comenzar cuando desaparece el reconocimiento mutuo entre adversarios y cuando el poder deja de aceptar que la oposición forma parte legítima del orden democrático.
Ése es el riesgo que toda sociedad debe evitar.
El verdadero desafío de Tabasco no consiste en decidir si debe gobernar la izquierda, la derecha o el centro. Tampoco consiste en sustituir un partido por otro. El desafío es mucho más profundo: romper con una cultura política que ha sobrevivido a todos los partidos porque aprendió a cambiar de rostro sin cambiar de lógica.
Mientras la lealtad continúe siendo más valiosa que el mérito; mientras las instituciones dependan de las personas y no las personas de las instituciones; mientras el discurso se utilice para dividir en lugar de deliberar; y mientras el adversario sea presentado como un enemigo antes que como un competidor legítimo, la política tabasqueña seguirá caminando bajo una sombra que comenzó hace un siglo.
Las sombras históricas no desaparecen por decreto ni con una elección. Desaparecen cuando una sociedad comprende que ninguna transformación es auténticamente democrática si necesita fabricar enemigos para justificar su existencia.
Quizá ésa sea la lección que Tabasco aún tiene pendiente: el futuro no se construye repitiendo las formas del pasado, aunque éstas se presenten con nuevos colores, nuevos discursos o nuevos protagonistas.