Agua y pantano
El riesgo electoral de los partidos políticos rumbo a 2027 puede comenzar mucho antes de las urnas: en el momento en que una dirigencia decide, desde arriba, quién debe aparecer en la boleta.
Una cúpula puede imponer un candidato. Lo que no puede imponer es el voto.
Los partidos tienen autonomía para seleccionar candidaturas, pero esa facultad tiene límites. Los procedimientos deben respetar sus propias reglas, garantizar certeza y permitir que la participación interna tenga un contenido real. Cuando todo está decidido antes de abrirse una convocatoria, el proceso corre el riesgo de convertirse en una simple formalidad.
La diferencia entre seleccionar e imponer es, por ello, fundamental.
Seleccionar significa escuchar, comparar perfiles y valorar trayectoria, reconocimiento, territorio y competitividad. Imponer significa que la decisión nace arriba y después se busca justificarla abajo.
El problema aparece cuando la lógica interna del partido deja de coincidir con la realidad electoral.
Un candidato puede ser cercano a una dirigencia y distante de los ciudadanos. Puede tener estructura, pero no confianza. Puede ser conocido dentro del partido y prácticamente desconocido fuera de él.
Porque el elector no vota organigramas.
Vota personas.
Y también vota percepciones: cercanía, autenticidad, congruencia, trayectoria y la expectativa de que quien solicita su voto conoce los problemas de su comunidad.
Por eso una candidatura impuesta puede comenzar la campaña con un problema que ninguna estrategia de comunicación resuelve fácilmente: la percepción de que el candidato representa primero a quienes lo eligieron y después a quienes pretende representar.
En Tabasco hay, además, una realidad que no debería ignorarse: Villahermosa no es todo Tabasco.
La capital concentra buena parte de la conversación política, los medios y las dirigencias. Pero la entidad es mucho más amplia.
Cárdenas tiene su propia dinámica. También Comalcalco, Huimanguillo, Macuspana, Nacajuca, Tenosique y así, cada municipio.
Las realidades urbanas y rurales no son iguales. Tampoco las de la Chontalpa, la Sierra, los Ríos o las zonas con presencia indígena.
Por eso, el reconocimiento en Villahermosa no puede confundirse con liderazgo estatal.
Un perfil puede tener reflectores en la capital y carecer de arraigo en los municipios. Otro puede no aparecer todos los días en los medios y, sin embargo, tener una relación sólida con su comunidad.
Ese es uno de los errores que una dirigencia puede cometer: confundir cercanía política con competitividad electoral.
Los liderazgos territoriales se construyen con tiempo. Están en las comunidades, en las organizaciones sociales y productivas, en los representantes locales y en ciudadanos que han desarrollado vínculos de confianza.
Una estructura puede movilizar.
La credibilidad, no.
La experiencia electoral reciente también obliga a mirar el problema con realismo. En 2024, Morena y sus aliados conservaron una posición dominante en Tabasco, mientras la oposición compitió con distintas candidaturas. El resultado no puede atribuirse a una sola causa, pero sí muestra que registrar candidatos no basta: la competencia requiere presencia territorial, reconocimiento y capacidad de movilización.
Por eso, antes de decidir una candidatura, las dirigencias deberían preguntarse algo más sencillo y más importante que quién tiene su confianza:
¿Quién tiene la confianza del territorio?
La respuesta no debería construirse solamente con intuiciones. Debe contrastarse con resultados electorales, participación por municipio y distrito, estudios de percepción, encuestas transparentes y trabajo de campo.
Porque si el procedimiento interno sirve únicamente para confirmar a quien ya fue elegido, la participación deja de ser una herramienta democrática y se convierte en escenografía.
Y cuando la militancia percibe que su opinión no importa, puede dejar de participar.
No siempre con una renuncia.
A veces simplemente deja de movilizar, deja de defender al partido o decide no acudir a las urnas.
No es una consecuencia automática de toda imposición, pero sí un riesgo electoral que los partidos deberían tomar en serio.
La contradicción resulta todavía mayor cuando una organización habla de democracia, renovación y participación, pero reproduce internamente decisiones cerradas.
Los partidos políticos no puede cuestionar desde afuera las prácticas que reproducen dentro.
Si pretenden representar una alternativa, deben demostrarlo también en la forma en que eligen a sus candidatos.
La democracia electoral no comienza el día de la elección. Comienza cuando los partidos deciden quiénes serán sus representantes.
Rumbo a 2027, Tabasco necesita que las candidaturas se piensen desde el territorio y no únicamente desde las cúpulas.
La propuesta es concreta: antes de definir una candidatura, los partidos deberían realizar un diagnóstico territorial que considere resultados electorales, participación ciudadana, reconocimiento de los perfiles, estudios de percepción, forma de vida honesta y capacidad real de sumar liderazgos locales. Ese diagnóstico debe complementarse con mecanismos internos de participación y reglas claras, para que la decisión no sea solamente una cuestión de lealtades, encuestas a modo o acuerdos de grupo.
No se trata de quitar a las dirigencias su facultad de decidir, sino de obligarlas políticamente a decidir mejor.
Porque una candidatura estatal no puede construirse mirando solamente hacia Villahermosa.
Tabasco son sus 17 municipios, sus regiones, sus comunidades y sus distintas realidades políticas.
La dirigencia puede proponer.
La militancia debe ser escuchada.
El territorio debe ser tomado en cuenta.
Y solamente el ciudadano tendrá la última palabra.
En 2027, la continuidad o renovación de quien gobierna no estará solamente en cambiar nombres, sino en cambiar la manera de elegirlos.
Una candidatura puede imponerse en una mesa. La representación se construye en el territorio y se gana en las urnas.




