Los notables
Hay una pregunta que pocos ciudadanos se hacen porque las urgencias cotidianas ocupan toda la atención: ¿quién pagará la cuenta de las decisiones gubernamentales que hoy parecen gratuitas?
Durante estos últimos años, el gobierno ha destinado enormes cantidades de recursos a programas sociales, a proyectos emblemáticos que aún requieren grandes subsidios para operar y al servicio de una deuda pública cada vez más costosa.
Ninguno de esos rubros desaparece por decreto. Todos demandan dinero constante y creciente. El problema no está necesariamente en apoyar a los sectores vulnerables ni en construir infraestructura. El problema surge cuando los compromisos permanentes crecen más rápido que la capacidad del país para generar riqueza.
Mientras haya recursos disponibles, la presión pasa desapercibida. Sin embargo, cuando las obligaciones rebasan los ingresos, las consecuencias suelen aparecer por otras vías: menos inversión pública productiva, mayores impuestos, más deuda o una pérdida gradual del poder adquisitivo de las familias.
Lo preocupante es que muchos ciudadanos creen que un apoyo económico los protege automáticamente de cualquier dificultad futura. Pero si el costo de los alimentos, de los medicamentos, de la energía y de los servicios aumenta más rápido que esos apoyos, el beneficio termina reducido por la realidad cotidiana.
La historia económica de muchos países muestra que las crisis no llegan de golpe. Primero aparecen señales dispersas: menos crecimiento, menor capacidad de inversión, presión sobre las finanzas públicas y un encarecimiento gradual de la vida.
Cuando la mayoría percibe el problema, generalmente ya está este instalado y en un proceso de crecimiento cada vez mayor.
Quizá el verdadero debate no sea estar a favor o en contra de un gobierno, sino preguntarnos si las finanzas nacionales están construyendo prosperidad sostenible o simplemente trasladando costos que terminarán pagando las siguientes generaciones.
Como ciudadanos, deberíamos entender que ningún gobierno produce riqueza por sí mismo. La riqueza surge del trabajo, la inversión, la productividad y la confianza. Cuando las cuentas públicas pierden ese equilibrio, tarde o temprano la realidad termina cobrando lo que la política les prometió en su momento.
Me parece que el punto más fuerte no es el de afirmar si viene una crisis determinada, porque eso nadie puede asegurarlo con certeza, sino advertir que la ciudadanía suele ignorar que las decisiones financieras del Estado tienen consecuencias diferidas, y que los apoyos económicos pierden sentido cuando la inflación y la carestía avanzan más rápido que los ingresos de las familias.
Ahí está el verdadero tema ciudadano al que se tendrá que enfrentar.




