Agua y pantano
Hay declaraciones que aclaran y otras que pareciera que pretenden apagar con gasolina el incendio. Andy López Beltrán parece tener un talento especial para lo segundo.
Cada vez que intenta defenderse, deslindarse o explicar los señalamientos que pesan sobre él, termina abriendo nuevos frentes y alimentando sospechas.
Este político chilango, por convicción, no entiende que a veces el silencio es una virtud; que callado se ve más bonito.
Decir que siempre ha sido perseguido no solamente resulta una afirmación difícil de sostener, sino que parece una invitación a creer que los mexicanos tienen mala memoria o que son incapaces de distinguir entre una víctima del poder y alguien que creció cómodamente bajo su sombra.
Su padre, Andrés Manuel López Obrador, sí conoció la persecución política, toda vez que durante años encabezó una oposición frontal al régimen priista y panista, enfrentó adversidades y construyó un movimiento que finalmente lo llevó a Palacio Nacional.
Sin embargo, Andy no recorrió ese mismo camino. Él creció cerca del poder, convivió con sus beneficios y, desde luego, no tuvo que caminar el mismo desierto político que su progenitor. Eso todo México lo sabe.
Lo que hoy persigue al hijo del expresidente no parece ser precisamente una conspiración internacional, sino una serie de señalamientos sobre presuntas relaciones de negocios, tráfico de influencias y una vida de lujos que contrasta con el discurso de austeridad republicana que su padre convirtió en bandera política.
Ahí están aquellos famosos tenis Louis Vuitton, valuados en alrededor de 900 dólares, con los que apareció en un mitin frente al Senado de la República en en octubre de 2009.
Esa imagen retrató mejor que mil discursos la distancia entre la austeridad proclamada desde la tribuna y los gustos de ciertos integrantes de la familia presidencial.
Mientras millones de mexicanos hacen cuentas para comprar zapatos de 25 dólares, si bien les va, Andy parecía tener otras preocupaciones tales como marcas exclusivas, viajes, hoteles de lujo y restaurantes de primer nivel.
Eso resulta bastante incómodo para quien pretende representar la sencillez de un movimiento que hizo de los pobres su principal bandera, sin lugar a dudas.
Ahora aparece otro episodio revelador al deslindarse de Amílcar Olán, señalado públicamente como uno de sus amigos y presuntos socios en operaciones empresariales bajo sospecha.
Andy negó la cercanía con Amílcar Olán y pretendió cerrar el capítulo con una declaración en redes sociales. El problema es que existen audios, fotografías y videos difundidos públicamente que han alimentado las preguntas sobre esa relación.
Negarlo todo puede ser una estrategia de defensa, pero no necesariamente una explicación convincente, pues como Pedro, parece dispuesto a negar tres veces a su socio antes de que cante el gallo.
Por si fuera poco, decidió repartir culpas y señalar a los medios de comunicación como responsables de una campaña negra.
En su lista colocó a Ramón Alberto Garza, de Código Magenta; Carlos Loret de Mola, de Latinus, y Ricardo Salinas Pliego, de TV Azteca.
Esta es la vieja receta del obradorismo, que cuando las preguntas incomodan, el periodista se convierte en adversario; cuando la información molesta, se le llama montaje, y cuando los señalamientos se acumulan, aparece la palabra persecución.
Andy debería entender que no todo cuestionamiento es una campaña política ni toda investigación periodística es una conspiración, mucho menos cuando los señalamientos involucran asuntos de interés público y posibles relaciones entre poder y negocios.
Su discurso, además, abrió un frente delicado con Estados Unidos, donde los señalamientos y las versiones sobre presuntas redes de influencias pueden adquirir otra dimensión.
La pregunta es sencilla, ¿quién persigue a Andy López Beltrán? ¿Los periodistas, sus adversarios políticos, la corrupción o las dudas que él mismo no ha conseguido despejar?
Sassón
AMLO generó credibilidad durante más de 30 años de manipulación discursiva. Esa capacidad, por lo visto, no vino incluida en el paquete familiar.




