Columna Descomplicado/Jorge Robledo
La elección de 2027 no solo definirá diputaciones y ayuntamientos; también pondrá a prueba la capacidad de la oposición para construir una estrategia coherente y competitiva. El reto no consiste en imponer una alianza o una candidatura común en todo el estado, sino en identificar, municipio por municipio y distrito por distrito, qué fórmula ofrece mayores posibilidades de triunfo.
Durante los próximos meses, las dirigencias tendrán que responder una pregunta que puede resultar determinante: ¿competir por separado, construir una alianza amplia o concentrar esfuerzos mediante candidaturas comunes? Parece una decisión de carácter electoral, pero en realidad implica algo más profundo: decidir si el objetivo será conservar identidades y posiciones partidistas o construir una alternativa capaz de disputar efectivamente el poder.
Una alianza puede ser útil cuando existe compatibilidad política, coordinación y capacidad real de sumar votos. Pero sumar partidos no significa necesariamente sumar ciudadanos. Las estructuras pueden complementarse, pero también pueden acumular rechazos, conflictos internos y contradicciones que terminen debilitando a un candidato.
Por eso, la pregunta no debería ser cuántas siglas pueden reunirse alrededor de una mesa, sino cuánto puede crecer electoralmente una candidatura con ese respaldo. El voto no funciona como una simple operación aritmética. Los sufragios no se transfieren automáticamente porque las dirigencias firmen un acuerdo.
La candidatura común ofrece una posibilidad distinta: concentrar el respaldo de diferentes fuerzas en un perfil competitivo sin obligarlas a construir una coalición general. Puede resultar particularmente eficaz en aquellos municipios o distritos donde exista una figura con reconocimiento, aceptación social y capacidad para atraer a ciudadanos que normalmente no votarían por alguno de los partidos que la respaldan.
Pero tampoco debe convertirse en una salida para resolver negociaciones internas. Una candidatura común solo tendrá sentido si existe un candidato capaz de competir y si las fuerzas que lo respaldan están dispuestas a trabajar realmente en una misma dirección.
Ahí estará una de las claves de 2027: dejar de tomar decisiones únicamente con base en percepciones, acuerdos cupulares o inercias del pasado. Será necesario medir intención de voto, niveles de rechazo, conocimiento de los posibles candidatos, capacidad territorial y, sobre todo, la posibilidad real de que los votos de una fuerza política puedan trasladarse a otra candidatura.
Porque existe otro riesgo: la fragmentación.
Cuando varias candidaturas compiten por un mismo segmento del electorado, pueden dividir el voto y permitir que una fuerza con una base electoral consolidada mantenga la ventaja. Pero tampoco sería correcto asumir que toda competencia separada es perjudicial. En algunos territorios, la pluralidad puede permitir que cada fuerza conserve su identidad y atraiga segmentos diferentes del electorado.
La clave, entonces, no está en decidir si la oposición debe unirse siempre, sino en saber dónde, cuándo y para qué debe hacerlo.
Tabasco no es electoralmente homogéneo. Cada municipio tiene una dinámica distinta y cada distrito responde a realidades sociales, políticas y territoriales particulares. Habrá lugares donde una alianza amplia sea indispensable; otros donde una candidatura común alrededor del perfil más competitivo resulte más eficaz, y algunos donde competir por separado pueda ser la mejor estrategia.
La oposición tendrá que aprender a leer esas diferencias.
También deberá mirar hacia un sector que puede definir elecciones: los ciudadanos que no tienen una lealtad partidista permanente. En una sociedad donde el voto puede cambiar de una elección a otra, depender exclusivamente de las estructuras tradicionales puede ser insuficiente.
El verdadero desafío será convencer al ciudadano que todavía no ha decidido.
Y ese ciudadano no necesariamente está buscando una alianza de partidos. Puede estar buscando una alternativa. Una candidatura que le genere confianza, que conozca los problemas de su comunidad y que pueda explicar con claridad qué pretende hacer con el poder.
Por eso, la unidad no puede reducirse a una fotografía de dirigentes compartiendo una mesa. La verdadera unidad tendrá que construirse alrededor de una propuesta y de un candidato capaz de representar algo más que los intereses de los partidos que lo postulan.
Decir “vamos juntos” no es suficiente. Habrá que explicar para qué.
Si la oposición pretende convertir una alianza o una candidatura común en una verdadera alternativa, tendrá que ofrecer una visión de gobierno, no solamente una estrategia para derrotar al oficialismo. El elector necesita saber qué cambiaría después de una elección y por qué ese cambio mejoraría su vida cotidiana.
Ahí puede estar la diferencia entre una coalición electoral y un proyecto político.
Tabasco no necesita una alianza de todos contra uno ni una suma de siglas sin rumbo. Necesita una oposición capaz de superar la lógica de las cuotas, colocar al ciudadano por encima de las dirigencias y demostrar que sus acuerdos responden a un proyecto común de gobierno.
La elección de 2027 será, en ese sentido, una prueba de madurez. Obliga a dejar atrás las decisiones improvisadas, los acuerdos construidos únicamente desde las dirigencias y la idea de que una mayor cantidad de partidos garantiza automáticamente una mayor cantidad de votos.
No siempre gana quien tiene más siglas. Tampoco quien tiene más dirigentes.
En ocasiones gana quien entiende mejor el momento político, identifica las preocupaciones de la sociedad y logra convertir el descontento en confianza.
Por eso, la discusión sobre alianza electoral o candidatura común no puede resolverse desde las oficinas partidistas. Tendrá que resolverse mirando al territorio y escuchando al ciudadano.
La alianza será útil cuando exista compatibilidad política, coordinación y capacidad real de sumar votos. La candidatura común, cuando permita concentrar el respaldo en el perfil más competitivo sin obligar a construir una coalición general. Y competir por separado será válido cuando una alianza produzca más rechazo que beneficios.
La oposición tiene todavía tiempo para decidir. Pero cada vez tendrá menos tiempo para equivocarse.
Porque en 2027 no estará en juego solamente cuántos espacios puede conquistar cada partido. Estará en juego si existe una oposición capaz de convertirse en una alternativa de poder.
Y una alternativa de poder no se construye acumulando siglas.
Se construye sumando ciudadanos, generando confianza y demostrando que se está preparado para gobernar.