Columna Descomplicado/Jorge Robledo
Hay momentos en la política en los que nadie ha dado el banderazo de salida, pero todos comienzan a correr.
Tabasco parece estar entrando en uno de ellos.
La elección de 2027 todavía no comienza formalmente. El calendario electoral conserva sus tiempos, las campañas tienen sus periodos y las candidaturas deberán esperar los procedimientos correspondientes. Sobre el papel, todo está en orden.
Pero la política rara vez espera al papel.
Mientras las fechas oficiales permanecen a distancia, en el territorio comienza a percibirse otro movimiento. Los recorridos se vuelven más frecuentes, las reuniones más visibles, las fotografías más abundantes y ciertos nombres aparecen con una insistencia que difícilmente puede explicarse únicamente por la casualidad.
Nadie dice que está en campaña.
Todavía no.
Pero algunos comienzan a comportarse como si ya lo estuvieran.
Ahí está la paradoja.
La campaña puede comenzar mucho antes de que alguien pronuncie la palabra campaña.
No hace falta pedir el voto. Basta con empezar a ocupar el espacio donde mañana se disputará.
Porque antes de ganar una elección hay que ganar algo mucho más elemental: presencia.
Un nombre necesita dejar de ser desconocido. Un rostro necesita convertirse en familiar. Una persona necesita comenzar a ocupar un lugar en la conversación pública.
Después vendrá lo demás.
La propuesta.
El discurso.
La candidatura.
El voto.
La política electoral moderna entendió hace tiempo que la percepción no se construye de un día para otro. Se construye mediante repetición. Una fotografía. Una entrevista. Un recorrido. Una reunión. Una publicación. Otra fotografía. Otro recorrido.
Cada acto parece insignificante por separado.
Pero juntos pueden formar una estrategia.
Y ahí es donde comienza la verdadera discusión.
Porque sería injusto afirmar que cualquier reunión política es una campaña anticipada. La actividad política es legítima y necesaria. Los dirigentes tienen derecho a recorrer sus territorios. Los ciudadanos tienen derecho a reunirse con ellos. La vida democrática no puede suspenderse simplemente porque se aproxima una elección.
El problema no está en hacer política.
El problema aparece cuando la política empieza a adquirir una lógica electoral.
Cuando la presencia deja de ser circunstancial y se vuelve sistemática.
Cuando la exposición deja de ser espontánea y comienza a obedecer a una narrativa.
Cuando un nombre aparece tantas veces que termina instalándose en la memoria del ciudadano.
Ahí la frontera se vuelve mucho más delgada.
Una reunión no es una campaña.
Una fotografía tampoco.
Una entrevista, por sí sola, mucho menos.
Pero la política no puede analizarse únicamente por fotografías aisladas. Hay que observar la película completa.
La frecuencia.
El contexto.
La intensidad.
El territorio.
Los mensajes.
Los destinatarios.
La repetición.
Porque una ventaja electoral no siempre se construye con propaganda explícita. A veces se construye con familiaridad.
Y la familiaridad tiene una característica particularmente poderosa: cuando llega el momento de elegir, el ciudadano suele reconocer primero aquello que ya ha visto.
Ese es el valor político del tiempo.
Quien comienza a ser conocido meses antes de que los demás puedan competir formalmente, llega al periodo electoral con una ventaja que no aparece en ninguna boleta.
Todos podrán comenzar la campaña el mismo día.
Pero no todos comenzarán desde el mismo lugar.
Algunos ya tendrán nombre.
Otros apenas estarán intentando instalarlo.
Algunos ya tendrán rostro.
Otros tendrán que presentarse.
Algunos habrán construido una narrativa.
Otros apenas comenzarán a explicar quiénes son.
La igualdad jurídica puede existir.
La igualdad política, sin embargo, puede ser mucho más compleja.
Y ahí está el riesgo de normalizar la campaña anticipada.
Porque cuando uno se adelanta, los demás sienten que deben hacerlo.
Después otro.
Y otro.
Hasta que la excepción se convierte en costumbre.
Entonces ocurre algo curioso: todos aseguran que todavía no están haciendo campaña, mientras todos actúan como si la elección ya estuviera en marcha.
Nadie quiere admitir que corre.
Pero nadie quiere quedarse atrás.
La política tiene esa capacidad de convertir una carrera en una especie de pacto silencioso: todos niegan que haya comenzado, pero todos quieren llegar primero.
Y mientras los políticos juegan con los límites del calendario, el ciudadano observa.
Quizá sin darse cuenta de que también está siendo parte del proceso.
Porque la elección comienza mucho antes de la boleta.
Comienza cuando un nombre se vuelve conocido.
Cuando un rostro se vuelve familiar.
Cuando una persona comienza a ser asociada con determinadas causas, regiones o expectativas.
Comienza cuando el ciudadano deja de preguntar quién es y empieza a pensar qué representa.
Ese es el verdadero terreno de la competencia electoral.
La mente del elector.
Y allí no existe un calendario que pueda colocar una fecha de inicio.
Por eso el desafío para las instituciones electorales será cada vez más complejo.
No se trata de perseguir la actividad política ni de convertir cualquier expresión pública en una infracción. Se trata de observar los patrones.
De distinguir entre participación política y posicionamiento electoral.
De identificar cuándo la acumulación de actos aparentemente legítimos produce una ventaja electoral.
Y, sobre todo, de hacerlo con los mismos principios.
Sin importar quién sea el actor.
Sin importar qué partido lo respalde.
Sin importar qué grupo político tenga detrás.
Porque la imparcialidad electoral no puede depender de los nombres.
Las reglas deben ser las mismas para todos.
Si no lo son, la competencia podrá ser formalmente legal, pero comenzará a perder algo mucho más importante: credibilidad.
Y una elección sin confianza puede tener boletas, candidatos y urnas, pero tendrá dificultades para convencer a los ciudadanos de que todos llegaron realmente desde la misma línea de salida.
Ese es el debate que Tabasco debería comenzar a tener.
No solamente quién está haciendo campaña anticipada.
Sino quién está construyendo desde ahora una ventaja electoral.
Porque esa ventaja puede no aparecer en las encuestas.
No aparecerá todavía en los votos.
Quizá ni siquiera aparezca en las mediciones de intención electoral.
Pero sí puede estar apareciendo en algo mucho más profundo: en la memoria.
Y la memoria política pesa.
Cuando llegue el momento de elegir, algunos nombres serán nuevos.
Otros serán conocidos.
Y algunos serán familiares.
La diferencia entre esas tres categorías puede ser decisiva.
Por eso la elección de 2027 todavía no ha iniciado en el calendario, pero sí en la práctica política. No en las boletas, sino en la percepción. No en los tiempos oficiales, sino en la memoria ciudadana.
La competencia ya está en marcha, aunque no se le nombre como tal. Y en esa anticipación silenciosa se está definiendo algo más profundo que una candidatura: la familiaridad con la que el elector llegará a la urna.
Porque en política, cuando el nombre ya es conocido, la contienda deja de empezar desde cero.
Por eso la elección de 2027 todavía no empieza oficialmente, pero en los hechos ya se disputa.
Se disputa en las comunidades.
En las redes.
En las reuniones.
En los medios.
En las conversaciones.
Y, sobre todo, en la percepción ciudadana.
Quizá por eso nadie quiera llamarla campaña.
Porque mientras conserve otro nombre, puede seguir pareciendo simplemente actividad política.
Pero cuando se observa el conjunto, cuando se conectan los puntos y se mira la película completa, resulta difícil ignorar lo evidente:
La campaña ya comenzó.
Solo que esta vez llegó antes que el calendario.
La campaña anticipada.