Columna Descomplicado/Jorge Robledo
“La política interior
sólo puede derrotarnos; la
política exterior nos puede
matar”.
John F. Kennedy
Estados Unidos investiga actualmente a los consulados mexicanos bajo acusaciones de presunta interferencia en la política interna estadounidense, promoción de la migración masiva y falta de colaboración suficiente en el combate al crimen organizado y los cárteles de la droga.
Sin embargo, muchas personas desconocen qué son realmente los consulados y cuál es su función. Por ello me di a la tarea de analizar si sirven o no sirven. Mi conclusión es clara:
Sí sirven. Y mucho. Aunque también enfrentan problemas reales de eficiencia, presupuesto y politización.
La respuesta seria y objetiva es esta: los consulados son necesarios, aunque imperfectos.
Los 53 consulados de México en Estados Unidos existen porque ahí reside la comunidad mexicana más grande fuera del país: más de 35 millones de personas de origen mexicano, entre migrantes, hijos y descendientes. Sin esa red consular, millones quedarían prácticamente desprotegidos en términos legales y administrativos.
Los consulados no son únicamente oficinas para tramitar pasaportes. Cumplen funciones fundamentales:
Expedición de pasaportes, matrículas consulares, actas y trámites notariales.
Asistencia legal para mexicanos detenidos o sujetos a procesos de deportación.
Protección laboral y apoyo frente a abusos.
Repatriación de cuerpos y asistencia a personas vulnerables.
Atención a víctimas de violencia.
Orientación migratoria.
Enlace con hospitales, escuelas y cortes.
La propia Secretaría de Relaciones Exteriores reportó miles de asesorías legales en apenas dos meses, así como más de mil 700 eventos recientes de orientación preventiva.
Además, en 2025 se emitieron más de 1.2 millones de pasaportes mexicanos en territorio estadounidense.
Hay otro dato contundente: el 97 por ciento de toda la asistencia consular mexicana en el mundo ocurre en Estados Unidos. Eso convierte a la red consular en territorio estadounidense en el verdadero corazón operativo de la política exterior mexicana.
México recibe cada año decenas de miles de millones de dólares en remesas enviadas desde Estados Unidos. Tan solo en marzo de 2026 se reportaron más de 5 mil 300 millones de dólares en un solo mes.
Los consulados ayudan indirectamente a sostener ese flujo económico porque:
-regularizan documentos;
-facilitan mecanismos de identificación;
-conectan a migrantes con servicios; y
-reducen la vulnerabilidad legal de millones de personas.
Si varios consulados desaparecieran, el impacto económico para miles de familias mexicanas sí podría sentirse.
Entonces, ¿por qué existen tantas críticas?
Porque también hay problemas reales.
Muchos migrantes denuncian burocracia excesiva y lentitud: citas imposibles de conseguir, trato frío, largas filas, páginas saturadas y trámites tardados. Y eso no es invento.
También existe falta de presupuesto y de personal. Hay reportes de empleados con salarios congelados y cargas de trabajo excesivas. Cuando se atiende a millones de personas con recursos limitados, el deterioro en el servicio resulta inevitable.
A esto se suma la tensión política actual entre Washington y México. El gobierno estadounidense inició una revisión de los consulados mexicanos, incluso en medio de rumores sobre posibles cierres.
Sectores conservadores de Estados Unidos los acusan de influir políticamente, promover movilización migrante o intervenir indirectamente en temas electorales. La presidenta Claudia Sheinbaum lo niega categóricamente y sostiene que la labor de los consulados se apega estrictamente a la Convención de Viena y tiene un carácter exclusivamente consular.
Desde un análisis objetivo, los consulados sí cumplen una función esencial:
protegen a mexicanos vulnerables, brindan servicios indispensables, ayudan a prevenir abusos y mantienen vigente la documentación legal de millones de personas. Son, además, una red estratégica para México.
Pero también hay que decirlo con claridad: no funcionan tan bien como deberían.
Existe exceso de burocracia, falta de modernización y una saturación evidente. La calidad del servicio cambia considerablemente entre un consulado y otro. Algunos operan más como aparatos político-diplomáticos que como instituciones eficientes de atención ciudadana.
La verdadera discusión no debería centrarse en preguntarse:
“¿Sirven o no sirven?”
La pregunta correcta sería:
“¿Cómo hacerlos más eficientes y menos burocráticos?”
Porque cerrar consulados no resolvería el problema migratorio. Lo único que provocaría sería dejar a millones de mexicanos con menos protección legal y con menor acceso a documentos y servicios básicos.
Y en un contexto marcado por deportaciones, redadas y un endurecimiento de las políticas migratorias en Estados Unidos, la necesidad de protección consular probablemente es hoy mayor que hace diez años.
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