Columna Descomplicado/Jorge Robledo
“Nada es más peligroso
que la ignorancia sincera
y la estupidez concienzuda.”
Martin Luther King Jr.
En política no existen los insultos espontáneos cuando provienen del círculo más cercano al poder. Cada palabra tiene destinatario, cada descalificación envía un mensaje y cada silencio del jefe termina convirtiéndose en una forma de aprobación.
Cuando un gobierno deja de responder con argumentos y comienza a responder con agravios, es porque la crítica ya le incomoda más de lo que está dispuesto a admitir.
Es la segunda ocasión en que el gobernador Javier May Rodríguez enfrenta una polémica provocada por expresiones de integrantes de su equipo contra adversarios o críticos, sin que exista una rectificación pública.
La primera ocurrió tras el fallecimiento del exgobernador Manuel Gurría Ordóñez. Roberto Guzmán Mendoza, entonces coordinador de giras del gobierno estatal, publicó en sus redes sociales: “Que con él se muera todo el priismo que sigue vigente.”
No pasó absolutamente nada. La explicación fue minimizar el hecho: que Roberto Guzmán no ocupaba realmente ese cargo, que era simplemente un ayudante más. El asunto se dio por concluido.
Pero el viejo dicho sigue vigente: “Tira la piedra y esconde la mano.” Muchos interpretaron aquel episodio como un mensaje lanzado desde el poder sin que el poder asumiera el costo político.
Ahora la historia vuelve a repetirse.
Durante una transmisión en vivo realizada mientras acompañaba al gobernador en un recorrido de supervisión por el Parque Museo La Venta, la titular de la Oficina de la Gubernatura, Sylvia Aylin Olvera Pérez, descalificó las críticas contra la administración estatal atribuyéndolas a una “prensa de actores políticos rancios” y al “Facebook de borrachos”.
Las palabras no pasaron inadvertidas.
Diversos periodistas expresaron su molestia porque consideran que esas expresiones reflejan el verdadero pensamiento del gobierno hacia los medios críticos e independientes.
En lo personal conversé con varios colegas y todos coinciden en algo: difícilmente una funcionaria de ese nivel emitiría semejante mensaje sin sentirse respaldada por quien encabeza la administración.
Otros actores políticos ofrecen una interpretación distinta. Sostienen que el destinatario real no era el gremio periodístico, sino el exgobernador Manuel Andrade Díaz, quien recientemente declaró en el programa El Pentágono que no busca ningún cargo público, que no pretende convertirse en periodista y que su único objetivo político es sacar a Morena del poder.
Sea cual sea el destinatario, el daño ya está hecho.
Los jóvenes funcionarios que hoy rodean al gobernador quizá crean que demostrar lealtad consiste en confrontar e insultar. Se equivocan. La lealtad se demuestra con resultados, no con descalificaciones. Porque cuando pase el tiempo y cambien los gobiernos, las obras podrán olvidarse, pero las declaraciones quedan para siempre.
Si el propio gobernador tuvo la libertad política para denunciar públicamente a La Barredora y sugerir que su jefe era el hoy senador Adán Augusto López Hernández, pasando por alto los cuatro años del gobierno de Carlos Manuel Merino Campos, entonces resulta difícil entender por qué ahora recurre a mensajes indirectos y voceros improvisados para responder a las críticas.
En política, los líderes hablan de frente. Los recados suelen enviarlos quienes no quieren asumir el costo de sus propias palabras.
Y conviene recordarlo desde Palacio de Gobierno: el poder pasa, pero la soberbia deja cicatrices. Los gobernantes inteligentes responden con resultados; los inseguros responden con insultos. Y cuando un gobierno comienza a burlarse de la prensa crítica, el problema ya no es el periodismo: es la intolerancia del poder.
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