Columna Descomplicado/Jorge Robledo
Hay una realidad que muchos prefieren ignorar: el dinero de los programas sociales y el aumento al salario mínimo cada vez alcanza para menos y, aun así, hay quienes celebran una dádiva como si fuera un triunfo personal.
No lo es. Es el síntoma de un país donde el poder adquisitivo se desmorona y donde el ciudadano quedó solo frente a un mercado que hace lo que quiere.
La inflación no es un concepto técnico. Es una agresión diaria. Lo que antes costaba cien pesos hoy exige ciento cincuenta. El salario mínimo sube, sí, pero el aumento se lo traga la misma dinámica que lo “justifica”.
El trabajador no avanza; apenas intenta no retroceder. Y mientras tanto, el gobierno presume incrementos como si fueran una conquista histórica, cuando en realidad son un parche que no compensa el deterioro real del bolsillo.
Pero el problema no termina ahí. La ausencia de regulación abrió la puerta a un abuso generalizado. Muchos empresarios entendieron que no hay autoridad que los vigile, que no existe una Profeco capaz de frenar excesos, que no hay ley que se haga respetar. Y cuando el poder sabe que no habrá consecuencias, los precios se mueven al antojo del que vende, no de la lógica económica.
El ciudadano quedó atrapado entre dos fuerzas que lo exprimen: un gobierno que reparte dinero que pierde valor cada mes y un sector privado que aprovecha el vacío de autoridad para encarecer productos sin justificación.
No es un accidente. Es un sistema que funciona porque nadie lo detiene.
La gente recibe apoyos que se evaporan en cuanto pisa el mercado. Cree que gana, pero pierde. Cree que avanza, pero retrocede. Y mientras tanto, la narrativa oficial insiste en que “todo va bien”, como si repetirlo fuera suficiente para convertirlo en verdad.
El deterioro del poder adquisitivo no es una cifra. Es una forma de desgaste social. Es la imposibilidad de llenar la despensa como antes. Es la angustia de ver cómo el dinero se acaba más rápido. Es la certeza de que nadie está del lado del consumidor.
Quizá un día la gente abra los ojos. Pero si ese despertar llega tarde, el daño ya estará hecho: un país acostumbrado a sobrevivir con menos, resignado a que los abusos sean parte natural de la vida y convencido de que no merece algo mejor.
Hasta el próximo comentario.