Columna Descomplicado/Jorge Robledo
En México siempre normalizamos algo que nunca debimos de aceptar: una tribuna diaria llamada coloquialmente “La Mañanera” y que desde el poder, controla los temas públicos.
Con el tiempo, más de siete años, esa práctica se volvió parte de la rutina política, como si fuera natural que un gobierno tenga un micrófono permanente para hablar sin contrapesos y sin interrupciones.
Las conferencias matutinas nacieron bajo la idea de “transparencia”. En teoría, serían un espacio para informar, responder preguntas y rendir cuentas. En la práctica, terminaron convertidas en un escenario donde el gobierno decide de qué se habla, quién y qué se pregunta, a quién se le descalifica o acusa y qué versión de la realidad se coloca al centro del “debate” público.
Esto es simplemente un monólogo presidencial con supuestos “medios” de comunicación a modo, donde las preguntas están en su mayoría arregladas para que sean respondidas hasta con ínfulas de conocimiento y autosuficiencia.
Las preguntas difíciles casi nunca entran y cuando se hacen la mandataria se desubica y las esquiva cambiando el tema.
En esa línea donde la narrativa oficial se repite hasta que parece ser verdad con ese formato, se ordena la conversación nacional desde arriba y reduce el espacio para el periodismo independiente, la crítica y la diversidad de expresiones.
Una democracia sana no necesita un púlpito diario desde el poder. Necesita instituciones fuertes que funcionen sin propaganda, medios libres que puedan cuestionar sin miedo y ciudadanos informados que no dependan de una sola opinión para entender lo que pasa en un complejo país como el nuestro.
Por eso bien vale la pena cuestionar este modelo. No para negar la importancia de la comunicación pública, sino para exigir mecanismos reales de transparencia: conferencias abiertas, preguntas sin filtro, datos verificables, contrapesos efectivos y un trato respetuoso hacia quienes investigan, preguntan y fiscalizan.
La transparencia se construye con reglas claras, instituciones que no dependan del humor del gobernante y una ciudadanía que no se conforme con espectáculos políticos disfrazados de rendición de cuentas diariamente.
Es momento de repensar esa tribuna. Y de recordar que la democracia no se sostiene con discursos, sino con prácticas que garanticen que el poder pueda ser observado, cuestionado y limitado y esté por lo general para servir llanamente a sus gobernados. Esa es su gran y única obligación.