Columna Descomplicado/Jorge Robledo
Inclusión educativa disfrazada de mediocridad intencional.
La Suprema Corte, la de los acordeones, ha decidido avalar el acuerdo propuesto por la SEP que permite a los alumnos avanzar de grado aunque falten a más del 80% de las clases o tengan materias pendientes.
Esto se presenta como un triunfo de la inclusión, como un gesto de sensibilidad hacia las desigualdades sociales. Pero lo que realmente se está legitimando es un modelo de educación sin exigencia, sin disciplina y sin responsabilidad.
En un país donde la educación pública ya enfrenta grandes rezagos históricos, esta medida no corrige las carencias: al contrario, las regula e institucionaliza.
Se nos dice ahora que reprobar al que no sabe genera exclusión, pero lo que en realidad genera exclusión es formar generaciones incapaces de competir, de pensar críticamente, de resolver problemas reales.
La escuela no debe ni puede convertirse en un trámite administrativo donde el niño pasa de año por decreto.
La educación es un proceso que requiere esfuerzo, constancia y acompañamiento.
Si el Estado reconoce que muchos estudiantes faltan porque enfrentan problemas económicos o familiares, la respuesta no debería ser bajar la guardia, sino crear condiciones para que puedan asistir y aprender.
Lo que se está sembrando es una cultura de la mediocridad: jóvenes que avanzan sin bases sólidas, que llegan a secundaria y preparatoria con lagunas insalvables, y que después se enfrentan a un mundo laboral y ciudadano para el cual no están preparados.
La verdadera inclusión no es regalar grados escolares. La verdadera inclusión es garantizar maestros capacitados, infraestructura digna, y programas de apoyo. Lo demás es un gran engaño que maquilla estadísticas y condena a la niñez mexicana a un futuro sin herramientas.
Hoy más que nunca como ciudadanos debemos protestar contra esta falsa idea de equidad, ya que detrás de esta narrativa de derechos, lo que se esconde realmente es la renuncia del Estado a su obligación de formar ciudadanos críticos y competentes y apostar a la ignorancia de las nuevas generaciones para poder manipularlos a su conveniencia.




