Columna Descomplicado/Jorge Robledo
El gobierno federal está sintiendo hoy lo que en su momento padecieron los gobiernos priistas y panistas: la presión de la CNTE, un sindicato que aprendió a poner de cabeza al país con bloqueos, marchas y escándalos para obtener recursos y visibilidad.
La diferencia es que ahora esa fuerza, que fue legitimada y alentada por Andrés Manuel López Obrador, quien la convirtió en cómplice de su proyecto político en su carrera rumbo a la jefatura de gobierno, se le revirtió.
La CNTE fue el aliado que le permitió al presidente presentarse como defensor de las bases magisteriales frente al viejo corporativismo del SNTE. Sin embargo, el cálculo hoy cambió: hay que recordar que a mitad del sexenio de López Obrador, él prefirió negociar con el sindicato mayoritario, más institucional y con mayor número de afiliados. El SNTE.
Apartó a la CNTE y abrió un nuevo canal con el SNTE. Ese movimiento derivó en un rompimiento que hoy se traduce en protestas y presiones justo en momentos clave, como el Mundial y otros eventos de alto impacto mediático.
La paradoja es evidente: el mismo gobierno que legitimó la protesta magisterial ahora la padece en carne propia.
Lo que ayer fue complicidad, hoy es desgaste político. Y la lección es muy clara: cuando un gobierno se apoya en la movilización social como herramienta de negociación, tarde o temprano esas fuerzas se convierten en oposición activa tal como hoy la está viviendo el gobierno morenista.
La CNTE no solo disputa recursos o prebendas; disputa poder político. Y el costo de haberla desplazado es que ahora se convierte en un factor de desestabilización para el propio gobierno que la alentó. La historia se repite, pero con un giro irónico: el boomerang de la protesta regresa y golpea al poder que la lanzó con toda su fuerza.
Los mexicanos nos preguntamos: ¿cuánto será el costo económico de esa negociación que se tendrá que hacer tarde o temprano? Ni idea se tiene de cuánto será ese boquete financiero para nuestro país.