Columna Descomplicado/Jorge Robledo
El nuevo descarrilamiento del Tren Interoceánico en Oaxaca confirma lo que muchos ciudadanos ya sospechaban: las obras insignia del sexenio de Andrés Manuel López Obrador no solo cargan con sobrecostos y retrasos, también con fallas estructurales que ponen en duda su viabilidad.
No es casualidad que el tren se haya salido de las vías muy cerca del mismo tramo donde hace siete meses murieron 14 personas. Es síntoma de un patrón: proyectos anunciados como símbolos de modernidad, pero ejecutados con prisas, improvisación y una aparente incapacidad técnica.
El Aeropuerto Felipe Ángeles inaugurado con carencias operativas, la refinería Dos Bocas que aún no produce lo prometido, el Tren Maya cuestionado por su impacto ambiental, económico y social, y ahora el Interoceánico que se descarrila dos veces en menos de un año. Todas estas obras comparten un mismo sello: propaganda política por encima de la ingeniería.
La pregunta incómoda es si los especialistas fueron ignorados, si los ingenieros carecieron de capacidad, o si simplemente se privilegió la urgencia de cortar listones sobre la seguridad de los ciudadanos. Lo cierto es que cada accidente erosiona la confianza pública y convierte lo que debía ser orgullo nacional en motivo de vergüenza.
El ciudadano merece infraestructura que funcione, no monumentos al ego presidencial. Porque cuando un tren se descarrila, no solo se caen los vagones: se descarrila también la credibilidad de un gobierno que prometió transformar al país.