Columna Descomplicado/Jorge Robledo
Cambiarle el nombre a un sitio histórico no borra las heridas del pasado, pero sí puede abrir nuevas fracturas en el presente.
El anuncio de renombrar el Paso de Cortés como “Paso de los Pueblos Indígenas” parece, a primera vista, un gesto de justicia simbólica. Sin embargo, detrás de esa decisión late una duda mayor: ¿se honra a los pueblos originarios borrando referencias históricas, o se les hace justicia atendiendo sus problemas reales y urgentes?
La historia no se corrige con tachones. El Paso de Cortés se llama así porque por ahí atravesó Hernán Cortés en 1519 rumbo al Valle de México. Nos guste o no, ese episodio forma parte de nuestra memoria colectiva. Cambiarle el nombre no elimina la violencia de la Conquista ni repara los agravios que aún pesan sobre las comunidades indígenas.
La verdadera reivindicación está en otro lado: en preservar las lenguas originarias, proteger los territorios, garantizar servicios básicos, combatir la pobreza y la discriminación que todavía marcan la vida de millones de personas. Eso sí sería hacer justicia.
Convertir la historia en un campo de batalla político es un error. México enfrenta inseguridad, violencia, falta de medicamentos, deterioro de servicios públicos y dificultades económicas que golpean a las familias todos los días. Esos son los problemas que merecen toda la atención del Estado.
Un gobierno no está para pelearse con fantasmas de hace cinco siglos. Está para resolver hoy los problemas de los ciudadanos vivos.
Respetemos profundamente a nuestros pueblos indígenas. Y respetemos también nuestra historia, con sus luces y sus sombras.
Así de simple, así de sencillo, lo comprenderán.?