Columna Descomplicado/Jorge Robledo
En México, la seguridad pública suele medirse en cifras, en datos duros, pero la política se mide en narrativas. Sobre todo en las mañaneras y en las figuras gubernamentales y partidista.
Omar García Harfuch encarna esa contradicción: un funcionario con resultados visibles y respaldo social, pero cuya figura ya incomoda dentro de Morena.
Todo ello debido a la manera en que su perfil se comienza a percibir frente al discurso de “soberanía nacional”.
La pregunta de fondo parece ser incómoda: ¿puede un partido como el de Morena sostener una narrativa de independencia mientras uno de sus cuadros más eficaces es señalado por vínculos externos?
La ciudadanía observa con pragmatismo: por un lado agradece la reducción de delitos, pero también está percibiendo la incongruencia entre lo que se dice y lo que se hace.
El riesgo no es solo para Harfuch, que acumula enemigos y sospechas, sino que Morena, podría quedar atrapado en su propia contradicción.
Defender resultados mientras se descompone la coherencia ideológica, puede terminar debilitando la confianza ciudadana.
La política mexicana ha demostrado que los personajes que generan resultados y polémica al mismo tiempo, suelen convertirse en símbolos de tensión.
Harfuch es uno de ellos: eficaz en las cifras, incómodo en el discurso. Y esa dualidad, más que cualquier encuesta, será la que defina su futuro y el de quienes lo respaldan.
En la política mexicana, la eficacia sin coherencia es un espejismo. Omar García Harfuch puede mostrar cifras y respaldo social, pero si Morena no logra reconciliar resultados con su narrativa, el costo será la credibilidad. Y en tiempos de desconfianza, perder credibilidad es perderlo todo.
Y eso es lo que más está cuidando Morena ante la caída que ha estado viviendo en estos últimos días. Lo sabe y lo reconoce.