Columna Descomplicado/Jorge Robledo
Cuando hablamos de cambio climático pensamos inmediatamente en sequías, incendios, huracanes o temperaturas extremas. Sin embargo, sus efectos sobre la salud pueden ser mucho más silenciosos. Un ejemplo es la llamada nefropatía mesoamericana, una enfermedad renal crónica que ha despertado preocupación en diferentes regiones de América.
Su nombre hace referencia a Mesoamérica, la región cultural y geográfica que comprendió parte del actual México y Centroamérica, territorio donde se desarrollaron grandes civilizaciones como la maya. Muchas de estas regiones se caracterizan por climas cálidos y tropicales, y es precisamente en algunas de estas zonas donde se ha observado una mayor frecuencia de esta enfermedad.
Uno de los aspectos más preocupantes es que puede ser una enfermedad silenciosa. A diferencia de otros padecimientos, las personas afectadas pueden no presentar dolor, hinchazón o alteraciones evidentes en la orina. La función renal puede deteriorarse progresivamente sin que el paciente lo perciba, hasta llegar a etapas avanzadas de enfermedad renal crónica.
Otro elemento característico es su relación con el trabajo agrícola. Los trabajadores que realizan actividades físicas intensas durante varias horas bajo temperaturas elevadas están expuestos a deshidratación y estrés por calor. La repetición de estos episodios podría provocar lesiones renales que, con el tiempo, contribuyan al desarrollo de enfermedad renal crónica. Esto adquiere una relevancia especial frente al cambio climático. La evidencia apunta a que probablemente se trate de una enfermedad multifactorial.
Y existe otra pieza interesante: la genética. No todas las personas expuestas al mismo calor desarrollan la enfermedad. Estudios recientes sugieren que determinadas variantes genéticas y algunos componentes de la ascendencia indígena americana podrían aumentar la susceptibilidad al daño renal asociado con estas condiciones. Esto no significa que una persona de origen latino esté destinada a desarrollar la enfermedad, sino que nuestros genes pueden modificar la manera en que respondemos a determinados factores ambientales.
La nefropatía mesoamericana representa, por ello, un ejemplo de cómo genética, condiciones laborales y cambio climático pueden encontrarse en una misma enfermedad.
Pero también nos deja una enseñanza sencilla: quienes trabajan durante horas bajo el sol necesitan algo más que protección contra el calor. Necesitan acceso suficiente a agua, periodos adecuados de descanso y sombra, y vigilancia periódica de su función renal.
En un mundo cada vez más cálido, proteger los riñones de quienes trabajan bajo el sol también debe ser una prioridad de salud pública.
P.D. ¿Cuántas enfermedades relacionadas con el cambio climático conocemos realmente? Tal vez sea momento de empezar a mirar el calentamiento global también desde la perspectiva de la salud.