Columna Descomplicado/Jorge Robledo
“La fe no necesita propaganda;
la propaganda, en cambio,
suele necesitar de la fe.”
Hay símbolos que un político puede utilizar en una campaña y otros ante los cuales debería detenerse por elemental respeto. La Virgen de Guadalupe pertenece a estos últimos.
No es logotipo de partido. No es escenografía electoral. No es un accesorio para acercarse emocionalmente a las multitudes.
Para millones de mexicanos es algo infinitamente más profundo: es fe, identidad, tradición, consuelo y esperanza.
Por eso llama poderosamente la atención una imagen reciente de la presidenta Claudia Sheinbaum durante una de sus giras. Mientras saluda y abraza a ciudadanos, puede apreciarse en su muñeca izquierda una pulsera roja de la que cuelga una pequeña medalla con la imagen de la Virgen de Guadalupe.
La pregunta no es si la Presidenta tiene derecho a usarla.
Por supuesto que lo tiene.
En México existe libertad religiosa y también libertad para no profesar religión alguna.
La pregunta política es otra: ¿por qué la usa?
¿Es un regalo que recibió y decidió conservar? ¿Tiene para ella algún significado personal? ¿Representa simplemente respeto por la devoción de millones de mexicanos?
Sería interesante conocer la respuesta.
Porque Claudia Sheinbaum nunca ha construido su identidad pública alrededor de la religión. Por el contrario, ha hablado de sus raíces familiares judías y de una formación esencialmente secular.
Y ahí comienza la contradicción.
No porque una persona no creyente tenga prohibido acercarse a la Virgen, sino porque cuando el poder se apropia de símbolos religiosos extraordinariamente sensibles debe explicar dónde termina el respeto y dónde comienza la mercadotecnia política.
Con la Virgen de Guadalupe no se juega.
Mucho menos desde Palacio Nacional.
El episodio tampoco aparece aislado.
En mayo de 2022, cuando era jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Sheinbaum apareció públicamente con una falda roja que llevaba una enorme representación de la Virgen de Guadalupe. Explicó entonces que la prenda había sido un regalo.
Pero la fotografía quedó.
Y también quedó la polémica.
Durante la campaña presidencial de 2024 el asunto regresó hasta el debate. Xóchitl Gálvez cuestionó públicamente a Sheinbaum por haber utilizado aquella imagen religiosa mientras, según su crítica, no profesaba esa fe.
Podrá discutirse si aquel ataque electoral fue acertado o exagerado.
Lo que no puede discutirse es que la utilización política de los símbolos religiosos ya estaba sobre la mesa.
Existe además otro episodio que alimentó durante años esa controversia.
Cuando Sheinbaum gobernaba Tlalpan ocurrió en 2016 la demolición irregular de una construcción vinculada a la capilla del Señor de los Trabajos. Con el paso del tiempo circularon versiones exageradas que incluso hablaban falsamente de una campaña gubernamental para destruir iglesias.
Eso tampoco debe repetirse como verdad.
Pero el incidente existió y provocó indignación entre vecinos y creyentes.
La memoria religiosa de una comunidad no funciona como un expediente burocrático. Para un funcionario puede tratarse de permisos, bardas, construcciones y procedimientos administrativos.
Para un creyente puede representar el lugar donde rezó su bisabuela, la abuela o la madre.
Ahí está la diferencia.
Y ahora aparece otro elemento.
El pasado 9 de julio de 2026, la presidenta Sheinbaum encabezó en el atrio de la Basílica de Guadalupe el acto de Sí al Desarme, Sí a la Paz, en el marco del Día Internacional de la Destrucción de Armas de Fuego. La propia Presidencia documentó la presencia de autoridades de la Iglesia católica en el evento.
El objetivo del programa puede ser legítimo.
El cuestionamiento es político:
¿Por qué precisamente la Basílica?
¿Por qué llevar un acto gubernamental a uno de los espacios de mayor carga religiosa y emocional de México?
Porque los estrategas políticos saben perfectamente lo que representa ese lugar.
Saben que la Virgen de Guadalupe atraviesa clases sociales, regiones, generaciones y preferencias partidistas.
Saben que millones de mexicanos pueden desconfiar de los políticos, pero continúan creyendo en la Virgen.
Y ahí aparece una frontera que ningún gobierno debería cruzar alegremente: convertir la religiosidad popular en capital político.
Sheinbaum ya había mostrado durante su visita al papa Francisco en febrero de 2024 que entendía perfectamente el enorme peso del guadalupanismo.
Ella misma informó que pidió al pontífice bendecir una rosa de plata destinada a la Basílica, explicando expresamente que lo hacía pensando en la devoción de los mexicanos por la Virgen de Guadalupe.
Es decir, desconocimiento no hay.
Sabe perfectamente lo que la virgen María de Guadalupe significa para México.
Y precisamente por eso la exigencia debe ser mayor.
Porque una cosa es respetar la fe de un pueblo y otra muy distinta administrar sus símbolos desde el poder.
Andrés Manuel López Obrador entendió como pocos la fuerza política de los símbolos. Construyó buena parte de su narrativa recurriendo permanentemente a palabras, imágenes y referencias capaces de penetrar directamente en la cultura popular.
Pueblo.
Patria.
Juárez.
Maíz.
Indígenas.
Los pobres.
La Virgen.
Todo podía incorporarse a la construcción de un relato político.
Claudia Sheinbaum parece haber aprendido muy bien esa lección.
La Presidenta tiene todo el derecho de ser creyente, agnóstica, atea o simplemente reservar sus convicciones para su vida privada.
Lo que no debería hacer ningún gobernante es caminar sobre la delgadísima línea que separa el respeto a la fe del aprovechamiento político de la fe.
Porque la Virgen de Guadalupe no pertenece a Morena.
Tampoco al PAN.
Ni al PRI.
Ni a Movimiento Ciudadano.
Mucho menos a la Presidencia de la República.
Pertenece al ámbito de las convicciones más profundas de millones de mexicanos.
Por eso una medalla puede parecer un detalle insignificante para algunos, pero políticamente plantea una pregunta enorme:
¿Claudia lleva a la Virgen porque significa algo para ella o porque sabe perfectamente lo que significa para millones de mexicanos?
Solo ella conoce la respuesta.
Pero el poder también se juzga por sus símbolos.
Y cuando un gobierno descubre que la fe moviliza sentimientos que ningún discurso político consigue despertar, aparece una tentación peligrosa: convertir el altar en escenario y la devoción en estrategia de comunicación.
Ahí debería existir un límite.
La fe no se encuesta.
La fe no se explota.
La fe no se convierte en propaganda.
Y la Virgen de Guadalupe, para millones de mexicanos, no es una pieza de utilería que se coloca cuando conviene conectar con el pueblo y se guarda cuando termina la gira.
La Virgen no necesita de Claudia Sheinbaum.
Si Claudia Sheinbaum decide portar su imagen, entonces es ella quien tiene la obligación moral y política de demostrar que existe respeto detrás del símbolo.
Porque los presidentes pasan.
Los partidos desaparecen.
Los gobiernos terminan.
Pero la fe de un pueblo permanece.
Y quien pretenda utilizar esa fe para alimentar una narrativa política debería recordar algo que desde Palacio Nacional quizá resulte difícil comprender:
Con la fe de México no se juega, y mucho menos con la Virgen de Guadalupe.
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