Columna Descomplicado/Jorge Robledo
“Cuando el poder cambia
de manos, las lealtades no desaparecen: simplemente
buscan a quién obedecer.”
En política, las rebeliones no siempre comienzan con un portazo; a veces empiezan con un comunicado.
El reciente pronunciamiento de los gobernadores de Morena puede terminar siendo mucho más que una simple declaración de respaldo a Claudia Sheinbaum: podría ser la fotografía del instante exacto en que el poder comenzó a cambiar de dueño dentro de la llamada Cuarta Transformación.
El regreso de Rubén Rocha Moya al gobierno de Sinaloa destapó una crisis que Morena difícilmente podrá esconder bajo la alfombra. Porque Rocha regresó prácticamente solo.
Mientras el mandatario sinaloense reivindicaba su legitimidad constitucional y su derecho a ejercer el cargo para el cual fue electo, 23 gobernadores de Morena y la jefa de Gobierno de la Ciudad de México cerraron filas de manera “absoluta y categórica” con la presidenta Claudia Sheinbaum.
El mensaje para Rocha fue inequívoco: madurez y responsabilidad. Traducido al lenguaje brutal del poder: no arrastres al movimiento a tu despeñadero.
Todavía más reveladora resulta una frase emblemática incluida en el pronunciamiento: “Al margen de la ley, nada; por encima de la ley, nadie”.
La ironía política es extraordinaria. Los mandatarios estatales están utilizando una máxima del propio obradorismo para ponerle un alto a un gobernador surgido del mismo movimiento. Es decir, recurren al dogma de Andrés Manuel López Obrador para blindar y someter la autoridad política a favor de Claudia Sheinbaum.
Ahí puede estar incubándose el verdadero terremoto.
Rocha regresó, pero Morena no regresó con él
En un intento por lavarse las manos, Morena aseguró no haber tenido conocimiento previo de la decisión de Rocha y presentó su reincorporación como una determinación estrictamente personal.
Ricardo Monreal fue más lejos: públicamente le pidió al gobernador reconsiderar su postura y solicitar nuevamente licencia mientras la Fiscalía General de la República concluye las investigaciones correspondientes.
Rocha podrá ostentar el cargo. Podrá exhibir formalmente la gubernatura. Podrá argumentar que fue elegido por las urnas. Pero una cosa es conservar el puesto y otra muy distinta detentar el poder político.
Hoy la pregunta incómoda es: ¿quién convenció, respaldó o alentó a Rubén Rocha a regresar en semejantes circunstancias?
Resulta inverosímil que una decisión de esa magnitud, en medio de una crisis de impacto internacional, haya sido tomada sin calcular previamente sus consecuencias.
Y si Rocha calculó, el tiro le salió por la culata. No emergió una rebelión de gobernadores en su defensa; no apareció el aparato de Morena respaldándolo; no estuvo Monreal para proteger su desembarco; no salió el Senado ni metió las manos su partido.
Ocurrió exactamente lo contrario: la maquinaria política morenista cerró filas a piedra y lodo alrededor de Claudia Sheinbaum.
El expediente que viene de Washington
El calvario de Rocha no se agota en las fronteras nacionales. En Estados Unidos lo vinculan con presuntas operaciones ligadas al Cártel de Sinaloa. Aunque el gobernador ha rechazado tajantemente los señalamientos, la presidenta Sheinbaum ha sostenido que Washington no ha entregado a México las pruebas necesarias para proceder.
Jurídicamente.
México no puede detener a un gobernador solo por los dichos de una autoridad extranjera. Pero políticamente, el daño está consumado. Existe un abismo entre la responsabilidad penal y la viabilidad política.
Rocha podrá alegar que no hay pruebas suficientes para procesarlo en territorio nacional, pero eso no cancela el brutal desgaste de mantener a un mandatario bajo sospecha mientras Sinaloa se desangra en una crisis de violencia imparable.
Por eso su retorno fue una bomba de tiempo. Y la nueva licencia se dio en horas al ver que estaba solo y su alma.
Harfuch: el puente de Washington
Mientras la facción radical del obradorismo endurece el tono contra Estados Unidos, Omar García Harfuch hace estrictamente lo que le corresponde a un secretario de Seguridad: dialogar, negociar, intercambiar inteligencia y mantener abiertos los canales de cooperación.
Harfuch acudió a Buenos Aires a una reunión con representantes de la DEA bajo el aval directo de Claudia Sheinbaum. Días después, ratificó públicamente la cooperación con el director de la agencia estadounidense, Terrance Cole.
Ahí brota una de las contradicciones más delicadas para Palacio Nacional. Por un lado se promulga: “Soberanía, no subordinación”; por el otro, se opera con inteligencia, flujo financiero y acciones coordinadas. La cruda realidad termina aplastando al discurso.
México puede proclamar su soberanía todas las mañanas, pero comparte tres mil kilómetros de frontera con Estados Unidos, sostiene una integración económica vital y enfrenta a organizaciones criminales que trascienden ambos lados de la frontera.
Romper la cooperación sería una irresponsabilidad suicida. Y Claudia lo sabe.
Claudia, entre dos fuegos
Este es el verdadero drama político de la Presidenta. Claudia Sheinbaum está atrapada entre dos fuerzas que tarde o temprano la obligarán a tomar una definición tajante.
De un lado está Washington, exigiendo golpes contundentes contra el narcotráfico, el fentanilo, el lavado de dinero, el huachicol y las redes políticas coludidas con el crimen organizado.
Del otro se atrincheró el viejo obradorismo, acostumbrado durante seis años a que una sola voz decretara enemigos, alianzas, silencios y lealtades.
Claudia necesita sostener la relación con Estados Unidos, pero también le urge evitar una guerra frontal contra el grupo político que heredó de López Obrador.
Necesita a Harfuch, necesita a los gobernadores, necesita a Morena... y todavía necesita mantener una relación funcional con el expresidente.
Sin embargo, ese malabarismo no durará para siempre. Gobernar es decidir, y decidir significa –tarde o temprano– romper intereses.
Andy: el otro pararrayos
Por si el expediente Rocha fuera poco, irrumpió el caso de Andrés Manuel López Beltrán. La revocación de su visa estadounidense abrió un frente diplomático que el obradorismo intentó convertir en una causa patriótica.
Andy sostiene que hay una persecución política en su contra y contra su padre. En un primer momento, Claudia salió en su defensa y cuestionó la medida, pero después buscó dar el carpetazo mediático al asunto. ¿Por qué?
Porque la Presidenta entiende una regla elemental: México no puede empeñar su agenda bilateral con Estados Unidos por la visa de una persona, por más hijo del expresidente que sea.
El obradorismo duro puede darse el lujo de incendiar las redes; la mandataria no: ella tiene la responsabilidad de gobernar.
¿Claudia contra López Obrador?
Sería irresponsable aseverar que existe una ruptura abierta entre Claudia Sheinbaum y Andrés Manuel López Obrador. Sin embargo, resulta igualmente ingenuo ignorar las señales de autonomía presidencial.
Los gobernadores cierran filas con Claudia; Morena se deslinda de Rocha; Monreal exige prudencia; Harfuch estrecha lazos con Washington, y Palacio Nacional maniobra para que las rabietas de la línea dura no contaminen la relación bilateral.
Quizá no estamos ante una guerra declarada, sino ante un fenómeno mucho más interesante: la lenta e inevitable gestación de un nuevo centro de poder.
Todo expresidente descubre tarde o temprano una verdad amarga: el poder presidencial no se hereda completo. El poder no se comparte. El bastón de mando se puede entregar y la banda presidencial se puede imponer, pero la obediencia tiene fecha de caducidad.
¿Por qué regresó Rocha precisamente ahora?
Esta es la interrogante central de la trama. El regreso de Rocha coincide con nuevas sacudidas en torno a las investigaciones por la captura de Ismael El Mayo Zambada y el asesinato de Héctor Melesio Cuén.
Con el expediente abierto, señalamientos directos desde Estados Unidos y Sinaloa ardiendo en violencia, Rocha decide reasumir el cargo.
¿Por qué en este momento? ¿Quién le dio el visto bueno? ¿Qué cartas tiene en la mano? ¿Calculó que Morena metería las manos al fuego por él? ¿O detrás de su jugada hay un pulso político de mayor calado que todavía no se alcanza a dimensionar?
No se requieren teorías de la conspiración cuando los hechos del poder hablan por sí solos.
Javier May ya tomó partido
Y es aquí donde Tabasco entra de lleno al tablero nacional. Javier May Rodríguez aparece entre los mandatarios que firmaron el respaldo incondicional a Claudia Sheinbaum. El dato no es menor: May pertenece a la médula histórica del obradorismo tabasqueño, con una trayectoria forjada a la sombra del proyecto de López Obrador. Por eso su firma adquiere un peso simbólico enorme.
Si este es el preámbulo de un choque entre el viejo sistema de lealtades y la nueva autoridad presidencial, habrá que seguir con lupa los pasos del resto del grupo tabasqueño: José Ramiro López Obrador, Andrés Manuel López Beltrán, los legisladores federales, los alcaldes y los operadores históricos del movimiento. Porque cuando un régimen empieza a definir quién lleva la batuta, hasta los silencios gritan.
La herencia de AMLO, en disputa
El conflicto de fondo no es Claudia contra Andrés Manuel. Todavía no. La batalla que ya comenzó a librarse es otra: el viejo sistema de lealtades obradoristas contra el nuevo poder institucional de la Presidencia. Rumbo al 2027, esta fractura será imposible de disimular.
Claudia Sheinbaum recibió de López Obrador un movimiento articulado, un partido dominante, mayorías parlamentarias y un aparato territorial formidable. Pero con el paquete también venían los compromisos, los personajes incómodos, los pleitos heredados y las facturas pendientes.
Ahora le toca decidir qué conserva y qué desecha. Ningún presidente gobierna plenamente mientras un tercero conserve el derecho de veto.
Rubén Rocha puede ser apenas el primer síntoma de una reconfiguración mucho más profunda. La disputa por la herencia política de López Obrador ha comenzado.
Y la pregunta que pronto retumbará en las gubernaturas, los congresos y la dirigencia de Morena ya no será quién fundó la Cuarta Transformación –eso lo sabe cualquiera–, sino una mucho más peligrosa:
¿Quién manda hoy en la Cuarta Transformación?
Si la respuesta sigue siendo López Obrador, Claudia tendrá la banda, pero no el poder.
Si la respuesta empieza a ser Claudia Sheinbaum, el obradorismo tendrá que aprender la lección más amarga de la política: el poder no admite dos presidentes.
Por eso Claudia está entre la espada y la pared. Porque para consolidarse tendrá que hacer exactamente aquello que ha tratado de posponer: gobernar sin pedirle permiso al pasado.
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