Columna Descomplicado/Jorge Robledo
Decía mi abuelo Roberto, con esa sabiduría de rancho que no necesita títulos: “¡Qué bestia el caballo!”, y uno pensaría que esa frase quedó enterrada entre recuerdos y sobremesas, pero resulta que bien se le podría adjudicar al diputado Martín Palacios Calderón.
Lo que el legislador del Partido del Trabajo dijo en días pasados no fue un desliz menor ni un chiste mal contado, fue una exhibición pública de ignorancia, de esas que ni el micrófono logra disimular.
El fin de semana pasado, un grupo de feministas hizo lo que toca cuando la dignidad se pisa, acudieron a denunciar y, no es para menos, pues compararlas con caballos no solo es ofensivo, es una muestra clarísima de que hay quienes no rebuznan porque no se han aprendido la tonada.
A pesar de cobrar sueldos bastante generosos por legislar, hay personas como Martín Palacios que siguen sin entender las reglas más básicas de convivencia, respeto y, sobre todo, de perspectiva de género.
Aquí no estamos hablando de semántica, estamos hablando de sentido común, ese que, al parecer, no viene incluido en el paquete del cargo.
Para no revictimizar —porque a diferencia de algunos políticos sí hay quien entiende de límites— no vale la pena repetir textualmente lo que dijo, basta con recordar que, durante aquella conferencia de prensa con charros y cabalgantes que impulsaron la declaratoria del 11 de julio como Día Estatal del Caballo, el diputado logró perderse entre palabras, ideas y respeto, todo al mismo tiempo.
Martín Palacios logró una aberración que no cualquiera consigue, pero que él ejecutó con precisión quirúrgica en contra de todas las mujeres, gracias a su estulticia.
Lo más preocupante es que esto revela que si alguien que tiene la responsabilidad de hacer leyes no sabe que ese tipo de expresiones son violencia simbólica, entonces qué más desconoce.
Ahí es donde el asunto deja de ser anecdótico para volverse estructural, toda vez que no es solo Martín Palacios, es todo un sistema que permite que perfiles así lleguen a cargos de representación del pueblo, hablen y decidan.
Por supuesto que no está de más recomendarle que contrate asesores, que se documente, que piense antes de hablar, que conecte la lengua con el cerebro, pero siendo realistas, eso es pedirle peras al olmo.
El problema no es la falta de información, es la ausencia de criterio, pues eso seguramente no se arregla con un documento con información clave de última hora ni con un speech bien redactado.
Mientras tanto, la pelota ya está en la cancha del Instituto Electoral y de Participación Ciudadana de Tabasco (IEPCT). Vamos a esperar el veredicto.
Por el momento la Comisión de Denuncias y Quejas de esa institución actuó con rapidez y emitió medidas cautelares para eliminar el contenido, dictó plazos específicos y hasta una multa.
Siendo honestos, esa penalizacion parece más simbólica que disuasiva, porque cinco mil ochocientos sesenta y cinco pesos difícilmente harán temblar a alguien que vive del erario, pero al menos dejan constancia de que hay límites.
Además, se le ordenó algo que debería ser obvio desde el primer día en el cargo, abstenerse de emitir expresiones que reproduzcan estereotipos de género o constituyan violencia política.
Es decir, le recordaron que debe comportarse como servidor público y no como comentarista de cantina.
El acuerdo fue aprobado por unanimidad. Un momento de consenso que, más que celebrar, debería preocuparnos, porque si todos coinciden en que hubo una falta, entonces ¿por qué seguimos normalizando que estos episodios ocurran?
Al final de cuentas este caso no es sobre caballos, ni sobre metáforas mal logradas, es sobre el nivel de quienes toman decisiones públicas desde el Poder Legislativo.
Sassón
Cuando la ignorancia se sube al poder no solo rebuzna, también legisla.




