Columna Descomplicado/Jorge Robledo
La reciente controversia en Emiliano Zapata no fue solo un pleito de feria. El presidente municipal, Armín Marín Sauri, quedó expuesto en medio de acusaciones de “venganza política” y señalamientos contra el aparato estatal.
Lo grave no fue la disputa en sí, sino la reacción de su propio partido: Movimiento Ciudadano lo dejó solo. Ni la dirigencia estatal ni el delegado nacional, Pedro Jiménez León, salieron a respaldarlo. Prefirieron no enredarse, guardar silencio y mirar hacia otro lado.
Ese abandono revela más que prudencia. Exhibe un cálculo político que coloca a los tabasqueños como fichas en un tablero de poder. La omisión se suma a una serie de señales que apuntan a una relación cada vez más tersa con Morena.
Y no es casualidad: los vínculos de Pedro Jiménez con Javier May vienen de tiempo atrás, y hoy resurgen como parte de un entendimiento que parece más transacción que convicción.
La familia Vargas y otros cuadros cercanos al delegado nacional se acomodan en esta lógica. Mientras tanto, la ciudadanía observa cómo MC deja de ser alternativa real y se convierte en un partido que administra diferencias, en vez de defender causas.
El riesgo es claro: que rumbo al 2027, Tabasco no tenga oposición real, sino un reparto de posiciones entre quienes ya gobiernan y quienes aspiran a hacerlo.
Pedro Jiménez puede insistir en que su estrategia es prudencia. Pero lo que se ve es otra cosa: un político que busca llegar al poder, aunque para ello nos convierta a los tabasqueños en mercancía negociable.
¿Acaso queremos partidos que nos representen o partidos que nos vendan al mejor postor?
Usted tiene la última palabra.