Columna Descomplicado/Jorge Robledo
(1945-2018)
Hay un interesante libro en materia de las Ideas Políticas, que sin expresarlo
así el autor, se dedicó a manera de parodia, a la conducta gobernante
de Napoleón Tercero, en el que el genial Maurice Joly comparó los argumentos que expresaban un gobierno absolutista y dictatorial y las razones para eI ejercicio de un Gobierno Democrático con equilibrio de Poderes y no concentrado en un Monarca, por mucho que éste dijera que encarnaba la voluntad del Estado.
Pero no es el caso comentar esa obra de indudable valía en la trayectoria de las Ideas Políticas, sino el hecho de que es posible, sin faltar el respeto a los lectores, hacer la dedicatoria de unas reflexiones escritas, a algún ciudadano sin que sea obligado el mencionar su Identidad.
El ilustre Florentino Nicolás Maquiavelo, también dedicó el compendio de su sabiduría política, impreso magistralmente en el Principe, al dictador César Borgia, a quien en realidad repudió, por su conducta perversa y absoluta.
Pero siguiendo los conceptos del señor de la Bréde y Montesquieu, salvando las proporciones que la prudencia indica, valdría quizá decir, «yo también soy pintor».
De tal suerte, que este tema lo dedicó a…
Considerando lo dicho, de que no se falta al respeto del lector, el que se dé un diálogo sin que se sepa quiénes son los protagonistas estén bien y pueda iniciar los comentarios del tema.
Así que como en reciente ocasión lo platicamos, hay en el ambiente político un Síndrome al que no han podido ser inmunes algunos hombrecillos que ahora tienen mando.
Se ha dicho en los círculos políticos con frecuencia, que el Poder cuando lo ejercen los que se dicen inteligentes, los torna en idiotas. También cuando lo ejercen los mediocres los vuelve locos.
Hay razón para que el vocablo del pueblo afirme esas consideraciones, cuando se ve con mucha frecuencia cómo los ciudadanos que por una circunstancia afortunada del destino que los colocó accidentalmente al lado de quien decide en la cosa pública, sufren una curiosa y ridícula metamorfosis que los convence repentinamente de que en efecto son semidioses.
Grotesco espectáculo, de gris e incolora comedia, escenifican esos seres de diminuta alma que en verdad se regodean en la falsa conjetura propia de que efectivamente son altamente dotados de imaginarias virtudes, porque nada más ellos las ven.
Así transitan como penosos espantapájaros, creyendo repartir gracias y perdonando a sus semejantes, a quienes ven como seres infimos. Su comunicación a veces es con estruendo, con voces altas que avergonzarían al más quemado arriero, que quizá pensará en el burlón espectáculo que daría al frente de un hato de nobles cuadrúpedos.
No se dan cuenta por la embriaguez que en su débil alma provoca el uso del Poder, de que su efímera y rápida posición en esas sillas de respaldo alto, en muchos casos se debe a causas que no tienen nada que ver con su capacidad o una destacada actividad como ciudadano.
No reparan en el hecho, por la ceguera que origina el incienso volátil del Poder, de que son idénticos al resto de sus semejantes.
Es a veces hasta divertido, observar cómo se sienten superiores. Cómo adoptan una postiza máscara de dignidad real, alcanzando a lo mucho personificar al despreciable bulón, que estando cercano al Rey se siente el Señor que manda y puede, que castiga y que perdona, que reparte gracias con un precavido saludo, tan escaso como innecesario; y, aun más, que dan una sonrisa como si otorgaran un beneficio.
Esos que sufren esa metamorfosis letal, porque con su nueva conducta entierran para siempre su personalidad, proliferen en los cargos públicos, generalmente son unos pobres destinatarios de las lisonjas vergonzosas de sus siervos, que no se cansan de envilecer con su adulación, la indefensa alma de esos pigmeos del poder temporal.
Si alguien quisiera admirar, por una morbosa curiosidad, el comportamiento de esas criaturas, lo único que debe hacer es presentarse en esos sitios donde el fango de la adulación no deja llegar el oxigeno a la inteligencia y al cerebro. Después, observar esa escenas. Basta, pues, con acudir a alguno de los muchos espacios en los que por lo menos, la mitad del día, habita un hombre que por primera vez se le ha dado la oportunidad de ejercer el poder y que en buen número de casos, manda sin lograr evitar el arribo de la locura.
Las coincidencias, más pudieran tomarse como de mala intención. Sin embargo, si algún sencillo mortal quisiera encontrarías, no tendría la necesidad de un mayor esfuerzo. Se sabe en donde deambulan.
Vale acaso decir lo que Don Trinidad Malpica decía, «Ahí queda eso». Cabe tal vez añadir, «timoratos».