Columna Descomplicado/Jorge Robledo
En México, la economía no se mide en gráficas ni en discursos oficiales. Se mide en la tiendita de la esquina, en el mercado, en el transporte público y en la factura de la luz. Cada día, millones de familias enfrentan una realidad que no aparece en los informes: los precios suben, los salarios se estancan y el ingreso alcanza para menos.
La inflación no es un concepto lejano de la realidad. Es el aumento del kilo de tortilla, del huevo, del aceite y del frijol. Es el pasaje que se incrementa sin aviso y la electricidad que cada mes pesa más en el bolsillo. La carestía golpea primero a quienes menos tienen, pero poco a poco alcanza a todos.
La ciudadanía sabe que el salario mínimo ha aumentado en cifras oficiales, pero también sabe que la canasta básica se encarece más rápido. Lo que antes alcanzaba para llenar la despensa hoy apenas cubre lo esencial. El resultado es un desgaste silencioso: familias que ajustan su dieta, que reducen gastos en salud o educación, que viven con la angustia de no llegar a fin de mes.
Pero, ¿qué es lo que falta realmente en la política económica?
El gobierno presume estabilidad macroeconómica, pero la economía cotidiana exige medidas concretas:
• Precios justos en alimentos básicos, evitando abusos y especulación.
• Transporte accesible que alivie el gasto diario de millones de trabajadores.
• Energía confiable con proyectos que reduzcan las facturas de luz.
• Salarios dignos que realmente cubran la canasta básica y no se queden en cifras decorativas.
La carestía no es pasajera. Si no se atiende, la inflación seguirá erosionando los ingresos y debilitando la confianza social. La soberanía económica no se defiende con discursos, sino con políticas públicas que protejan el bolsillo de la gente.
En fin, hay de otra, si no se resuelve esta situación crítica, mañana el actual gobierno estará sujeto al cobro de factura por parte de la ciudadanía.