Columna Descomplicado/Jorge Robledo
El sábado 20 de junio, la memoria se impone sobre el silencio. Hace ocho años se fue físicamente Humberto Villegas Zapata, pero su presencia sigue viva en quienes lo conocimos y lo admiramos.
Fue un hombre de múltiples facetas, dueño de una inteligencia brillante y de una ética que nunca cedió ante la comodidad ni la mediocridad. En la UNAM se formó con los grandes maestros del derecho, y en la vida profesional se convirtió en referente del constitucionalismo y del amparo.
Su paso por la administración pública estuvo marcado por la honestidad y la dignidad. Rebelde frente a la traición y la servidumbre, se mantuvo fiel a sus principios, aunque ello limitara su ascenso político. Esa coherencia lo hizo distinto, y por eso mismo, inolvidable.
La entrega a su vocación le costó salud, pero nunca claudicó. Falleció en el Instituto Electoral, trabajando hasta el último día con la misma rectitud que lo definió. La historia quizá no le dio el reconocimiento que merecía, pero quienes lo conocimos sabemos que Tito dejó una huella profunda.
Amaba la literatura, y en obras como El Quijote y El Hombre Mediocre encontró espejos de sus propios ideales: sueños, nobleza y ética. Esos libros fueron su brújula, y hoy son también símbolos de su legado.
Pero más allá de su trayectoria, para mí fue un hermano, un amigo entrañable que compartió alegrías, conversaciones y complicidades que no se olvidan. Su amistad fue un regalo de vida, y ese lazo personal es lo que más atesoro en su memoria.
Descansa en paz, Tito. Tu recuerdo no se mide en cargos ni en títulos, sino en la admiración, el cariño y la amistad que sigues despertando.