Columna Descomplicado/Jorge Robledo
El manifiesto de los 23 gobernadores de Morena contra Rubén Rocha Moya no es un simple llamado a la madurez: es la confirmación de que el partido enfrenta tensiones internas que ya no pueden ocultarse. La narrativa de unidad se repite como consigna, pero en realidad lo que se observa es disciplina forzada y personalismos que desafían la conducción central.
El rechazo a Rocha Moya por intentar regresar a la gubernatura de Sinaloa expone que dentro de Morena hay inconformidad y que las decisiones no siempre se toman en consenso. El hecho de que se cite el principio juarista “al margen de la ley, nada; por encima de la ley, nadie” resulta contradictorio: la ley se invoca como bandera, pero se interpreta según conveniencia política.
El respaldo categórico a Claudia Sheinbaum busca blindar su liderazgo, pero también revela el temor de que las divisiones internas debiliten la conducción del partido. En el fondo, lo que se ve es un choque entre el legado de López Obrador y la necesidad de consolidar la autoridad de la nueva Presidenta.
Las consecuencias visibles:
• Morena se presenta como un bloque sólido, pero la ciudadanía percibe otra cosa: un partido que empieza a mostrar fisuras, contradicciones legales y tensiones políticas. La unidad que se presume es más discurso que realidad, y cada comunicado de este tipo lo confirma.
• La sombra de López Obrador sigue pesando: algunos liderazgos actúan bajo su influencia, mientras otros buscan marcar distancia para fortalecer la era Sheinbaum.
• El dilema de Morena es claro: someterse a la disciplina central o permitir que los liderazgos regionales marquen su propio rumbo.
• Para la ciudadanía, lo preocupante es que la política se maneje como un juego de facciones, mientras los problemas reales del país quedan en segundo plano.
• Repetir constantemente que “la unidad es nuestra mayor fortaleza” termina siendo contraproducente: cuando un partido necesita gritar unidad, es porque la unidad ya no existe.